Receta del capitalismo salvaje

Al que no quiere sopa, dos platos

Está clarísimo. Según lo indica una receta médica ampliamente aceptada, cuando el capitalismo salvaje no funciona, hay que aumentar su dosis.

Si después de una posología doble el paciente sigue sin mejorar, entonces no queda otro remedio que practicarle una intervención quirúrgica a corazón abierto sin anestesia. Esto, en términos políticos, es un golpe o una invasión militar.

Las dosis extras son tan sencillas como burdas: si la riqueza de un país no alcanza, entonces hay que enviar más pobres a las villas miseria y esconderlos para que nadie los vea. Estados Unidos tiene 35 millones de pobres. Brasil, 80 millones. Africa, 200 millones. China, 300 millones. Y así sucesivamente, millón más, millón menos.

Los pobres no atraen turistas y por eso preferimos ver el lado positivo de los países. Por ejemplo, de Rio de Janeiro, pensamos en el Cristo Redentor; de Nueva York, imaginamos los rascacielos de Wall Street; de Texas, pozos petroleros y cowboys – a los indios los mataron o los escondieron hace tiempo.

Pero el socialismo pleno tampoco funcionó y el mismo paciente terminó pidiendo un cambio de posología. La experiencia del siglo XX se trató, simplemente, de cómo administrar la lenta caída del socialismo de estado, hasta que se desplomó sin misericordia ni elegancia.

Los vencedores capitalistas se ofrecieron gentilmente de funebreros. Ellos mismos cavaron la fosa y cincelaron la lápida. Hoy, el socialismo está muerto y enterrado. En su tumba se lee: «Aquí yace una ideología inútil pero peligrosa». La idea era borrar al socialismo de la faz de la tierra.

Pero hay un problema. El socialismo sigue asomando su cabeza donde menos se le espera. En China, las comunidades de campesinos organizan manifestaciones violentas en contra del poder capitalista del comunismo chino. En Estados Unidos, el calentamiento global moviliza científicos, economistas y estudiantes. En Latinoamérica después de años de promesas incumplidas, la inmensa comunidad de desposeídos apoyan candidaturas populares. En Europa, millones manifiestan en contra de la guerra de Irak.

Resultó entonces que la muerte del socialismo había sido una noticia un tanto prematura.

Lo que pasa es el socialismo es solo un nombre creado para definir un fenómeno humano. No fue, como muchos pensaron, una ideología inventada para producir un resultado político. Pero en nuestro afán por perseguir banderas, aceptamos el eslogan publicitario de la Guerra Fría y terminamos creyéndolo desde ambos lados. Nos olvidamos de que el socialismo es una necesidad humana milenaria, que nunca tuvo nombres ni dueños o que puede tener mil dueños y mil nombres.

Pero ojo también con el autogol. Cabe la posibilidad de que el capitalismo mismo sea también una etiqueta. ¿Será que, al final, ni el capitalismo ni el socialismo existan y que lo único que exista sean las necesidades básicas de los seres humanos de trabajar, protegerse, sentirse libres, solidarizarse?

Antes de preocuparnos por símbolos, banderas, filosofías o estructuras, miremos al ser humano y su condición, porque es allí donde estará la solución al problema. El socialismo es solo parte de esa solución. La vida es siempre más grande que cualquier ideología o religión.

Durante la mayor parte del siglo XX el capitalismo americano y europeo fue más vulnerable al socialismo que viceversa. Conceptos puramente socialistas hace 150 anos, son hoy derechos inalienables de todo ciudadano y que nadie discute: la ley de ocho horas, el derecho al sufragio universal, al descanso semanal, al salario mínimo, a la huelga, al seguro de salud, a la educación, a la libertad de reunirse. Las dos viejas superpotencias nos hicieron creer que el capitalismo y el socialismo no podían mezclarse. No era cierto. Solo habían otros intereses agendados.

El capitalismo, nacional o globalizado, tiene una línea de defensa casi inexpugnable: que el socialismo pleno no funciona económicamente. Que es una utopía. ¿Pero esto significa que el capitalismo, para sobrevivir, puede cambiar cuantas veces sea necesario, mientas que el socialismo no? Esa es la gran mentira.

Cada país debe buscar soluciones de acuerdo con su realidad. Ninguno de los dos «ismos» son monolíticos, más bien son un flujo natural, una corriente que se mueve por ósmosis de acuerdo con las presiones económicas y sociales de cada región. La verdadera batalla, tal vez, está en el grado de esos flujos económicos, cuando deberían accionarse y cómo van a sufrirse sus consecuencias.

El calentamiento global que se avecina será la próxima gran guerra mundial de la humanidad. La decisión deberá tomarse a nivel internacional: seguimos con una costumbre individualista, por la cual creemos que todos podemos explotar ilimitadamente los recursos naturales o adoptamos una política solidaria humana. O sea, una política socialista, con otro nombre.

De igual manera, es necesidad intrínseca del ser humano trabajar para si mismo y tomar sus propias decisiones sin el constante tutelaje cancerbero de un Estado omnipotente y omnipresente, que al final corrompe igual que el excesivo poder privado.

En la búsqueda de soluciones es donde caímos en las definiciones imbéciles. Lo que importa es un trabajo digno, bienestar social, solidaridad humana y protección en contra de los grandes intereses. Eso es «socialismo». El resto parecería ser «capitalismo», por llamarlo de alguna manera. Pero dejemos los etiquetas de lado por un tiempo y miremos a la gente, seguro que así aparecerán las verdaderas soluciones.

La justicia no la inventó ni la descubrió nadie. Nació con el hombre mismo. Por supuesto que también existe la injusticia. Pero siempre se supo la diferencia. El socialismo ayudó a entenderla mejor. *

(*) Corresponsal en Londres.

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