Gardel es mago
Confieso que la economía me resulta un acertijo impenetrable. Estoy persuadido que se debe no sólo mi ignorancia sino también a ciertas simplificaciones en que incurren los especialistas.
Por ejemplo, Astori quiere que los precios bajen con la aplicación de la reforma tributaria. ¿Qué precios? Aquellos de productos o servicios de empresas, públicas y privadas, que se beneficiarán de la proyectada rebaja de aportes patronales.
Parece muy claro.
Pero no. Porque para lograr ese objetivo el ministro de Economía confesó que «está estudiando el fortalecimiento de la información y las normas de defensa de los consumidores». Dicho con más precisión: el contralor del proceso -ese que permitirá trasladar a los precios la disminución de los aportes- será fruto de negociaciones con intervención activa del gobierno sólo en las tarifas públicas. ¿Las empresas privadas? Ah, yo qué sé.
Sumido por enésima vez en la incomprensión, juro que siento, como un clavo en la nalga izquierda, que hay un error en alguna parte. Ciertamente, deseo estar equivocado o, de nuevo, no haber entendido.
Sé que se trata de un solo aspecto de la reforma. No obstante, su repercusión social es de tal magnitud que parece insuficiente, para aventar temores y desconfianzas, la mera enunciación de propósitos con tono de voluntariedad.
¿Quién no sabe cómo se escurren las empresas privadas cuando se enciende el cartel de «bajen los precios»? Qué picardía, me acuerdo ahora de Bioy Casares (hubiese sido peor acordarme de Pacheco, claro): «Para cumplir promesas, le remarco,/ resultó el cachafaz bastante parco».
Nadie duda que la reforma tributaria sea necesaria. Ahora bien, Astori, más allá de su plausible intención de disolver obstáculos mientras, apremiado por el tiempo, incorpora ideas nuevas, está obligado a dar más garantías.
La gente necesita lenguaje claro y certezas. Debe empeñarse en ello aunque sea difícil. Sólo Gardel canta mejor cada día, cualquiera sea la letra.
Porque es mago. *
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