La esencia futbolera
El Mundial convierte al planeta en una gran pelota de fútbol. Nosotros nos conformamos con vichar de afuera. Algún vecino se pregunta: «¿Cómo llegamos a esto?» Y sabe que la respuesta va por el lado de los dirigentes corruptos y un contratista que actuando como Don Corleone se forró de verdes. El asunto es que perdimos nuestra esencia futbolera. Esa que nació hace mucho en aquellos bohemios de largos pantalones, camisetas acordonadas y desinteresado amor al deporte. Perfume que inundaba a los clubes barriales con espíritu de potrero. Cada barrio tenía una rica tradición en sus gloriosos clubes zonales.
En la Aduana, por el barrio Olímpico, nacieron equipos en los berretines de parroquianos de aquellos bolichones de El Bajo. Por los estaños de El Hacha y en La Telita surgieron el Isabelino Gradín, La Marina y el mismo El Hacha que se trenzaban en partidos llenos de guapeza y talento. Fueron «cuadritos del barrio», como les decían los vecinos que aunque nunca llegaron a divisionales de privilegio supieron tener gran arraigo popular. Jugaban por el verano cuando el fútbol de primera estaba parado y por eso entre sus jugadores se mezclaban pibes del barrio y varios players profesionales que desinteresadamente daban una mano.
Por la Ciudad Vieja andaban Larraura, Besuso y Muniz, campeones internacionales que con su lirismo contribuyeron a la leyenda de las legendarias canchitas de la Aduana. Por el Reducto también abundaban aquellos cuadros amateurs. Por el viejo bulevar Artigas de antes y Burgues, frente a la Cervecería Oriental, había canchas donde los vecinos saciaban sus ansias de fútbol romántico y pícaro. Taquitos, caños, jopeadas y cañonazos nunca faltaban en esos domingos de mediados del 30. Brillaron en aquel barrio Reducto los equipos del Valdoco, Tres Estrellas, el Olivol y el Dryco. En el Valdoco cada tanto jugaba nada menos que el Nro. 9 titular de Peñarol, «la vieja» Carbone al lado del flaco Pilo, defensa titular de Bella Vista. Se entreveraban con los otros y sumaban su estusiasmo en veraniegos partidos. Se había formado la Liga Sayago donde se respiraba la desfachatez del potrero. Por el barrio Bella Vista nació El Celta que tenía su «sede» en el Café Rama, de Uruguayana y Asencio. Ahí se repartían las camisetas y elaboraban las sencillas tácticas de juego. Estaba reforzado por titulares de «los papales» como Canavesi, Romero y el arquero Matterson. Por la Villa de la Unión estaban El Plaza y el Espronceda. ¡Cómo olvidar a la Liga Guruyú y el querido Mar de Fondo del Barrio Palermo! Por el Cerrito de la Victoria, al lado del cuartel de Chimborazo, las canchitas se llenaban de vecinos mirando la guapeza de El Lucero y el Independiente. En esos partidazos se dieron el lujo de tener como juez a otro vecino como lo fue «el turco» Esteban Marino que además tenía una zapatería en la zona. Ligas barriales, cuadros amateurs y el burlón espíritu del potrero. ¿Quizás hacia allí tendremos que mirar para recuperar la perdida esencia futbolera?
Con más recuerdos y música los esperamos en al 1410 AM LIBRE. *
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