Dos experiencias

La lucha por el poder

Existen muchos motivos por los que una persona o grupo decide lanzarse a capturar el poder político de un Estado.

Cuando el país funciona, es un placer gobernarlo y los hombres o las mujeres más simpáticas lanzan sus candidaturas. Después viene la época en que manejar la cosa pública es un calvario y sólo los oportunistas o los más entregados se ofrecen. La última etapa es cuando dirigir al país es lo mismo que cometer un crimen.

El principio del problema es cuando la máquina se tranca y empieza a escupir tuercas, tornillos y a recalentar. El tradicional de tono caudillesco, tiene ahora que convertirse en un experto mecánico capaz de recomponer la poderosa maquinaria del país. No va a tener la menor chance.

Comparemos la elección de dos candidatos del mundo democrático ilustre en momentos de una crisis aguda y veamos cómo resolvieron sus problemas. Ninguno de las dos trajo soluciones definitivas y sus métodos están hoy en relativo desuso. Pero para la época en que les tocó gobernar, uno funcionó mejor que el otro.

Se trata de las elecciones de Juan Domingo Perón en Argentina en 1973 y de Margaret Thatcher en Gran Bretaña en 1979.

Tanto en Argentina cómo en el Reino Unido el poder político estaba fragmentado en una disparidad de facciones. Perón y la Thatcher fueron elegidos por un voto popular abrumador para que intentaran lo imposible: encender y conducir la maquina.

La inglesa ultraconservadora útilizo todos los mecanismos del Estado británico para impulsar sus medidas económicas. Pero no actuó sola. Contó con el apoyo de un grupo político formado por personas de experiencia pública legalista y pensadores democráticos de calibre, como Geoffrey Howe, William Whitelaw, Keith Joseph y Douglas Hurd.

En el otro extremo del cuadrilátero estaba el peso pesado argentino, rodeado por individuos de dudosa tendencia y capacidad, empezando por su propia mujer, la vicepresidente Isabelita, y el asesor plenipotenciario López Rega, apodado «el brujo». De los estadistas de peso intelectual que habían cerca de Perón, nadie se acuerda de sus nombres. Se vieron absorbidos por la masa política de la época o simplemente fueron asesinados. El peronismo había decidido tomar un atajo en la cosa pública.

Los políticos del partido Conservador ingles en la época de Thatcher habían cumplido su aprendizaje junto a hombres como el líder bélico Winston Churchill, los laboristas Harold Wilson, James Callaghan y el conservador Edward Heath. Juan Domingo Perón luego de la caída de su primer gobierno vivió 18 años como huésped de Francisco Franco en España, casi totalmente aislado del mundo, pero mamando el modus operandi del dictador anfitrión.

La dama de hierro inglesa, una vez en el poder, peleó solamente con su cartera y sus argumentos contra quienes se oponían a sus soluciones radicales. Sus ministros debían explicar cada ley y medida en el Parlamento británico todos los días. La oposición a su política fue feroz: pero nunca nadie marchó preso. Por el contrario, en el partido del gigante argentino, cuando la gente osaba oponerse a sus dictados, dejaban de gozar de buena salud. Desaparecían de la vida política o de la vida misma.

El caso de la Thatcher fue exactamente lo opuesto: ella misma fue expelida de su premierato por las fuerzas de su propio partido cuando se tornó demasiado autocrática y extremista. Es importante subrayar que la dama aún hoy goza de bastante buena salud.

No se cree que Juan Domingo y Margaret se hayan encontrado en algún momento, a no ser que haya sido en un teatro londinense, bajo la puesta en escena del musical «Evita». Pero el destino sí quiso que sus países cruzaran espadas, años más tarde, en el conflicto bélico por las Islas Malvinas.

Por el lado inglés, no sólo estaba Thatcher sino un conjunto de generales que habían forjado sus carreras en cientos de conflictos imaginarios de la Guerra Fría. Por el lado argentino, Leopoldo Fortunato Galtieri había tomado la posta y encabezaba una junta militar que había logrado sus ascensos en dudosas contiendas de la Guerra Sucia.

Se recuerdan al respecto las «heroicas batallas» lideradas desde atrás, como El Pozo de Banfield, el Olimpo y la ESMA. También fueron ideólogos de persecuciones contra maestros, estudiantes secundarios y mujeres embarazadas. Obviamente no eran militares del mismo calibre que los ingleses y la famosa guerra resultó ser una fantochada que aceleró la caída de la junta militar argentina.

Hoy, a treinta anos del conjunto de aquellos sucesos, se pueden observar los resultados. Para los ingleses, las décadas del 70 y el 80 son un recuerdo tan distante que podrían ser de otro país. Para los argentinos, el presente es una campanada constante y ensordecedora del pasado. Y quienes podemos observar los resultados somos tipos con suerte. La conclusión es que sólo en el arraigo democrático de los partidos políticos se pueden buscar las soluciones que un país necesita. Su responsabilidad es vetar a sus propios candidatos, antes de postular al electorado una propuesta viable. Golpistas, venales, represores y corruptos se afincan en los partidos sólo para empujar sus propias agendas. La estupidez de Perón y del resto, fue no haberse dado cuenta de que la democracia plena premia al partido más organizado con un largo gobierno. No es necesario el totalitarismo.

Por lo general cualquier democracia le da enormes poderes al partido de gobierno. Sólo se precisa mayoría parlamentaria y objetivos claros. El premio es dictar leyes y decidir el gasto público. Las condiciones: gobernar dentro del Estado de Derecho y obtener resultados.

Por aquella misma época, otro pueblo, el uruguayo, tuvo que elegir entre Juan María Bordaberry, Wilson Ferreira Aldunate y Líber Seregni. Lo que pasó después en ese país, tampoco pudo todavía ser historia. *

(*) Corresponsal en Londres

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