"Z" en la picota
Personalmente hablé con «Z» sólo dos o tres veces. Nunca en profundidad, fugazmente. Por los medios lo he visto antes, durante y después. Es colorado, batllista y sin embargo ocupa un lugar muy importante en el gobierno progresista, es el director general de Rentas, el que recauda la parte más importante de los impuestos nacionales, es Eduardo Zaidensztat, más conocido como «Z». Pidieron su procesamiento con una pena de 10 meses de prisión. En ese caso, seguramente la pena quedará en suspenso al tratarse de una persona sin antecedentes penales.
El fundamento del fiscal se basó en las críticas públicas que Zaidensztat realizó al juez Pablo Eguren, luego de que éste procesara sin prisión a los propietarios de locales de La Pasiva. «Con jueces como Eguren, Uruguay corre riesgo de convertirse en una república bananera», había afirmado el funcionario. Durante el juicio, el director de Rentas reconoció los dichos, pero dijo no haber querido menoscabar la autoridad de Eguren.
El dictamen que criticó «Z» se refiere a que a los propietarios de diversos locales de La Pasiva acusados de defraudar en 53 millones de dólares al fisco se los condenó a trabajos comunitarios, sin un solo día de prisión. Mientras tanto «Z» arriesga 10 meses de condena por agraviar, es decir por hablar. La Justicia a veces da señales complejas de leer por parte de los ciudadanos.
Zaidensztat es un excelente servidor público, de esos que hacen falta, de los que por encima de partidos y colores dedica sus esfuerzos a la ingrata tarea de cobrar impuestos, de hacer funcionar la pesada máquina del Estado. Pero que además de obtener resultados concretos que todos conocemos aumentando de manera significativa la recaudación fiscal y por lo tanto combatiendo la evasión que es una gangrena extendida y masiva en el Uruguay ha librado y libra una compleja batalla mediática y cultural para combatir la idea muy extendida que evadir impuestos es una «avivada» permitida y plausible.
En ningún país del orbe es fácil cobrar impuestos, nadie se ha hecho popular al frente de esta tarea, pero en el Uruguay hay una incrustación cultural muy fuerte y muy profunda sobre la evasión. La inmensa mayoría somos potenciales evasores. El «Z» se ha batido en general y en particular contra los grandes, los que se creían intocables, los que habían hecho de la evasión un sistema de apropiación y de profunda injusticia social tratando de demostrar que no es cierta la frase de Honoré de Balzac de que «las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan libremente las moscas grandes y quedan enredadas las pequeñas». Han quedado enredadas en la ley unos cuantos moscardones, incluso algunos sagrados.
Una vez en una entrevista que le hice en Bitácora en TV LIBRE «Z» contó una anécdota que repetiré: el ministro de finanzas de Napoleón dijo que había dos maneras de que los ciudadanos aportaran al Estado, una sirviendo a la Patria como soldados y otra pagando sus impuestos. Que él había visto a muchos miles marchar cantando a la guerra y hacia la muerte como soldados, pero nunca nadie había ido cantando e insuflado de patriotismo a pagar sus impuestos. Todos reconocemos que es una tarea ingrata.
A todo esto debe agregarse que no debe ser fácil afrontar esta responsabilidad en un gobierno de otro partido. Muchos de sus correligionarios se lo recuerdan con frecuencia.
La batalla de «Z» es de eficiencia, de trabajo, de hechos, pero también de palabras, de exposición en los medios. En general lo hace con un gran acierto y precisión. En esta oportunidad se le fue la mano, o mejor dicho la boca.
Ahora, aclaremos, «Z» no estaba defendiendo sus intereses sino los del Estado uruguayo, es decir los de todos sus ciudadanos. Creo que cometió un exceso, pero… veamos el panorama completo.
Es justo que un juez y más en general el poder judicial sea celoso frente a todo tipo de presión de parte de otro poder del Estado. Es fundamental para la democracia y para la separación de poderes. Hoy sería este caso y mañana otras formas de presión. Merecen ser señaladas y observadas. Ahora, que a los evasores de 53 millones de dólares -la mitad del plan de emergencia de un año- el juez que los encontró culpables los condene a trabajo comunitario durante algunas semanas y a «Z» lo quieran condenar a 10 meses de cárcel por hablar es el reino del absurdo. Del absurdo total y aunque me tiren con todo el código para justificarlo y con seis bibliotecas legales diferentes.
Y aquí nos introducimos en un nuevo aspecto, la crítica a los jueces y sus resoluciones y una cultura bastante extendida de que respetar a la justicia implica aceptar en silencio sus resoluciones. No, en democracia hay un valor que está por encima de cualquier otro valor, es la libertad. Sin libertad la democracia es una ficción de poder y de normas y nada más.
Tenemos el más absoluto derecho a criticar a cualquiera, siempre y cuando no lo insultemos, no lo denigremos y no lo calumniemos. Y yo creo que el juez Eguren se equivocó feo y los ciudadanos acataremos su fallo, pero seguiremos pensando y sobre todo opinando lo que nos parezca. Y yo opino que el derecho debe parecerse lo más posible a la justicia. Si «Z» se disculpa por el exabrupto ante la Suprema Corte de Justicia y ante el propio juez, la ofensa no se borra pero cambia la situación, los que no cambian la situación son los que se apropiaron de 53 millones de dólares y ni los devuelven ni se arrepienten y publican avisos de prensa justificando su proceder. Esos no piden perdón, ya fueron casi perdonados.
El mensaje que recibe la sociedad de este episodio y más allá de todos los múltiples fundamentos legales, es extremadamente complejo y negativo. Los Estados no están organizados ni reaccionan preocupados por los mensajes, pero las sociedades tienen un fino olfato para percibir hacia donde y desde donde soplan los vientos. Y en este caso los vientos soplan de fronda y del cuadrante entreverado.
Y no sólo en cuanto a evadir los impuestos, o jugarse por defender los derechos de todos, sino en algo mucho más importante, en cuanto a que todos somos iguales y que todos disfrutamos de las mismas libertades y de las mismas obligaciones.
He sido un combatiente tenaz en contra de la judicialización de la política, en transferirle a los jueces y a los tribunales las responsabilidades que son de los políticos, del debate de ideas y de posiciones, ahora creo que hay que tener un extremo cuidado en la politización de la Justicia y una de las formas más peligrosas es colocarla por encima de todo, a salvo de la crítica y de la vigilancia democrática de la ciudadanía. Es la politización de la peor manera.
Los jueces no tienen la obligación de ser infalibles sino justos, equilibrados y respetuosos de la Justicia y el derecho. Aristóteles decía que cometer una injusticia es peor que sufrirla. Este es un buen ejemplo. *
(*) Periodista
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