Hagámosla fácil
Un viejo periodista solía decir, hace alrededor de medio siglo: -Yo nací con dos pesos en la mano y el dedo en el timbre. El timbre del quilombo. Los dos pesos para mostrar que soy serio, porque muchos van sólo a franelear.
Curiosamente, poco ha cambiado. Quizás el quilombo tradicional, pero no ese lugar determinado -hotel, apartamento o casa de masajes-, adonde uno golpea y, pagando la tarifa, lo atiendan. Lo que ha traído la modernidad es una oferta variadísima, de fácil acceso: basta leer el «Gallito Luis» o agarrar al paso, por 18 de Julio, los papelitos que te ofrecen, amablemente, con una dirección y un teléfono.
Claro, hay otra prostitución que se regodea al aire libre, sin pudor, y que se ha extendido demasiado y peca de exhibicionista y ruidosa.
Por eso, y creo que sólo por eso, hay ediles empeñados en crear «zonas rojas» en Montevideo. La última propuesta conmueve por su absurdidad: usar a ese fin una parte limitada de cada parque capitalino. Si la aprueban, y si uno decide caminar por el Rodó o por el Batlle, una cálida noche de verano o una fresca madrugada primaveral, deberá, para evitar sorpresas e incluso reclamar derechos fronterizos, usar algún planito que le vaya orientando «por acá sí, allá no, ahí doble a la izquierda, ahora siga de largo, ojo debajo de aquellos árboles, en ese banco no, cuidado la espalda». En fin. Tal vez yo esté exagerando; me disculpo por anticipado.
Sólo que no creo que el problema sea resuelto con límites geográficos que nunca dejarán de ser ilusorios y, además, ¡en parques públicos! A riesgo de aumentar mis errores, sugiero que se vuelva a pensar en vigilancias rutinarias que al menos reduzcan la ostentación y el escándalo.
Porque de eso se trata. La pretensión de sacar a la prostitución de las calles me hace recordar -picardías de la memoria- lo que aquel inglés contestó a un criollo que buscaba chicas de la noche por Londres y no las hallaba: -Ya no hay más. Se terminaron por la competencia que le hacen las señoras. *
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