La columna amarilla (tercera epoca)

La colmena

Las chispas que siguen saltando de la fricción entre dos poderosos ministros de este gobierno, que cruzan espadas de promesas incumplidas y de pragmatismo, me indujeron a recordar un par de personajes de los múltiples que Camilo Cela retrató, con pincel lleno de gracejo, en «La colmena».

Celestino habla solo, algunas veces. De mozo su madre le decía:

-¿Qué?

-Nada, estaba hablando solo.

-¡Ay, hijo, por Dios, que te vas a volver loco!

Celestino se encaja la dentadura y escupe rabioso contra el suelo:

-¡Esta, esta es la explotación del comerciante! O se tiene voluntad o no se tiene.

A don José Rodríguez, de Madrid, le tocó un premio de la pedrea, en el último sorteo. Los amigos le dicen:

-Ha habido suertecilla, ¿eh?

Don José responde siempre lo mismo, parece que se lo tiene aprendido:

-¡Bah! Ocho cochinos durejos.

-No, hombre, no explique, que no le vamos a pedir a usted nada.

Celestino y don José, en «La colmena», se encuentran poco y nada y se la pasan hablando zarandajas. Pero los dos ministros de marras andan topándose a cada rato y llevan entre manos asuntos que pueden dividir al país. Y quebrar su espíritu. De un modo educado, alguien debe parar con esta fricción. No será un novelista, claro; más bien debería ser, y uno confía en que pueda, un presidente.

La razón es muy sencilla.

Russell, a quien tanto suelo citar y seguiré haciéndolo, decía: «No se puede oponer el interés del dedo gordo del pie al interés del dedo meñique. Si ha de prosperar cualquier parte del cuerpo, debe haber cooperación para los fines comunes del cuerpo como un todo».

¿A quién beneficia que un par de ministros hagan como aquellos gatos de Kilkenny que lucharon entre sí hasta que no quedó de ellos más que las puntas de sus rabos? *

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