Marketing mundial versus conocimiento y lógica

"El Código Da Vinci" o cómo la Iglesia se opone a algo que se cae por sí solo

Aburre. Bastante. Al lector del libro puede decepcionarle aún más que la media de decepciones que solemos llevar, al asumir que los guiones cinematográficos apenas parodian la literatura de la que se sustancian. Al adulto que no leyó el libro, la película puede resultarle una más de aventuras. Resulta difícil concebir que esta variedad «intelectualizada» de Indiana Jones tras el Santo Grial, alcance a tener en nuestro medio la aceptación masiva que el marketing dice que tiene. Casi tan increíble como Indiana en su relato, con mucho del «Señor de los anillos», ésta en versión adultos, si es inconcebible como logro cinematográfico, menos lo es aún como cuestionamiento cultural. Cuando consultado por LA REPUBLICA, el obispo Pablo Galimberti reseñaba que la preocupación de la Iglesia Católica era no tanto por el público culto que pudiera ver la película, sino por aquellos «más humildes», con todo respeto, Galimberti subestima a éstos últimos o no vio la película. De haber dicho que «El Código…» podía plantear cuestionamientos entre algunos tontos, hubiera tenido más razón. Más allá de la cuestión religiosa atinente a cada uno, parece difícil creer que alguien pudiera cambiar, hacia un lado u otro, sus convicciones en algo tan profundo como la creencia, o no, de la presencia divina en la Tierra, puedan alterarse por clichés y estereotipos tan simples como los usados por Laurel y Hardy.

¿A qué objeta la Iglesia? Los cinéfilos, y más de uno que no lo sea, recordarán «El Nombre de la Rosa», versión fílmica del libro de Umberto Eco. Más de uno compartirá que las críticas a la Iglesia, formuladas de mano de Sean Connery en el rol protagónico, eran bastante más duras que las de este caso. Aquí el asunto, sin ser menor -se cuestiona la naturaleza divina de Jesús, se plantea su pareja con María Magdalena y se presenta hasta la supuesta descendencia contemporánea-, poco conlleva a sentirse demasiado ofendido. El más malo de todos, incluso, es en definitiva un chiflado bastante infeliz, y el mismo obispo del Opus Dei -que lleva las palmas de los ofendidos-, es un estereotipo tan evidente que se necesitaría un obispo de película de Cantinflas para hacerle mella.

A mi modesto entender la Iglesia debería estar incluso contenta con la película: las formas de la ofensa son tan burdas como increíbles. A modo de colofón, deberíamos evaluar la capacidad de asimilación de un espectador a determinados temas complejos de la historia universal, planteados en segundos y «a los ponchazos». Si bien hay ejemplos maravillosos de síntesis cinematográfica creíble -la explicación científica de cómo generar un dinosaurio a partir de sangre de un mosquito del paleolítico en Jurassic Park, lo es-, acá la reproducción del fenómeno histórico que produce la controversia teológica exige tal acerbo de conocimientos medioevales al instante, que cualquier aleccionamiento malintencionado que se hubiere podido concebir caería por su propia inoperancia.

 

El Concilio de Nicea

Al espectador inadvertido -si es que a estas alturas de saturación marquetinera queda alguno-, bien puede quedarle el cuestionamiento de qué es lo que en el fondo es tan cuestionable e irrita a la Iglesia. Tal vez, el sacar de los claustros teologales uno de los misterios más cuestionados en su mismo seno: los católicos deben creer en un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo, como una entidad suprema única y cuya divisibilidad o forma de unión es misterio insondable e incuestionable. Creer que es asunto menor, equivale a negar la causa primigenia de separación entre católicos y protestantes, nada menos. Es que a partir del concilio de Nicea, en el año 324 de nuestra era, los obispos católicos decidieron excluir toda doctrina que pretenda que Jesucristo haya sido en algún sentido una criatura. Allí entra por supuesto a tallar el emperador Constantino -impulsor y financista de aquel primer concilio, cuya conversión al cristianismo tenía tan evidente contenido político -un imperio, un emperador, una religión-, como desconocido contenido religioso. Si Constantino abrazó el cristianismo por fe o conveniencia, ¿quién puede decirlo?

No obstante aquel emperador protector de los cristianos, a quienes sus antecesores habían perseguido y masacrado, consiguió convocar ese primer Concilio Ecuménico -es decir de toda la jerarquía eclesiástica-, reuniendo unos 300 obispos con quienes acordaron mutuas prebendas. A partir de las concesiones y favores imperiales allí cedidos a los prelados, los obispos ingresaron a ejercer autoridad en gobiernos más terrenales, sin demostrar tampoco ser inmunes a las tentaciones corruptoras del poder. Por su parte Roma conquistaba a la religión «de moda» en la época, algo que concluirá con el cristianismo como religión del Imperio, en el año 380 bajo el emperador Teodosio. Constantino -muchos dicen que para conformar a los desplazados politeístas romanos-, «obsequió» a la cristiandad con costumbres hoy santificadas que pertenecían a los paganos. Así, los templos de santos particulares, el uso del incienso, las velas, las procesiones, la tonsura, el anillo de bodas, las ofrendas votivas para recuperar la salud, las bendiciones, el agua bendita, dejaron de ser paganos y se hicieron católicos. Ahora, de allí a creer que alguien va a cuestionar su fe o convicción religiosa por esta película, suena como quienes hace veinte años decían que no se bañarían más en la playa, después de haber visto «Tiburón». *

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