Los rinocéfalos
Buscaba yo explicación a algunas cuestiones cercanas cuando, por casualidad, leí que los rinocéfalos, del orden de los lepidosaurios, sobrevivieron a la muerte masiva por poco y algunos respiran todavía, en islotes de Nueva Zelanda, protegidos por ley para evitar su extinción.
Qué cosa. No hallé mejor interpretación –metafórica, claro– para explicar la supervivencia de especímenes como el Goyo y otros, incluido ciertamente Juan María Bordaberry.
Los protege la ley para que no desaparezcan.
Aunque suene raro, lo acaba de confirmar indirectamente Ernesto Murro. El presidente del BPS dijo que la información acerca de las jubilaciones que cobran estos individuos, violadores de la Constitución en reiteración real entre otros delitos, fue entregada al Ministerio de Trabajo, que no la remitió al Parlamento sino al Consejo de Ministros. Habría que indagar por qué. Y Murro aclaró, para evitar confusiones, que hasta allí iba el deber legal del BPS y que el problema no está en saber cuánto perciben ambos sino qué se quiere hacer con semejante situación: ¿acaso seguir beneficiando al Goyo y al Rabanito con una pasividad por haberse pasado la ley por las entretelas, justo cuando la condena social se está expresando con una sonoridad implacable? Sería una paradoja ofensiva y de tamaño colosal.
Ahora bien, no cabe la ingenuidad: esto no lo va a resolver el Consejo de Ministros. La demora del expediente allí huele mal; huele a estrategia política de circunstancias, de coyuntura, por decir lo más piadoso. El asunto corresponde a los legisladores, que deberían corregir de inmediato la intolerable paradoja.
Si no lo hacen, consintiendo que yo y usted, lector, y todos, le paguemos una jubilación al Goyo y al Rabanito por cagarnos la vida, van a terminar asemejándose a aquel productor teatral mexicano al que todo le importaba un carajo. Al aprobar una obra, un asesor le advirtió: «Mire que las protagonistas son lesbianas». Y el tipo contestó: «¿Qué importa, pos? ¡Las hacemos mejicanas!» *
Compartí tu opinión con toda la comunidad