Persistencias
He hecho un descubrimiento perturbador: el fenómeno de la persistencia aumenta mis incomprensiones.
Hasta hoy no comprendía la persistencia de la llamada «gente del fútbol» de barrer todo debajo de la alfombra, mientras chifla y mira para otro lado, como diciendo «acá no pasa nada».
Tampoco comprendía la persistencia de esos corporativistas de diverso cuño, a los que, por favor, no les toques a uno de la secta porque te pinchan el muñequito con mil alfileres y te pintan de todos los colores, como dogmáticos hijos de la verdad única que son.
Y menos aún comprendía la persistencia de los políticos siesteros, que, al demorar tanto en hacer lo que han dicho, se asemejan a Epiménides, quien, siendo niño y según cuenta el mito, entró a una cueva con una oveja y se durmió; cuando despertó, a su lado reposaba un pulóver: había dormido cincuenta y siete años.
Pero ahora comenzaron a pesarme otras persistencias incomprensibles.
No comprendo la persistencia de esos militares viejos que escriben patéticas cartas exponiendo argumentos falaces. Uno de ellos: «los problemas de los uruguayos se arreglan entre los uruguayos»; suena a inmoralidad de quienes emplearon más de un decenio en desarreglarlo todo. Otro: «el jefe es responsable de lo que hacen sus subordinados»; suena a cinismo de quienes armaron una siniestra coordinación regional y han admitido, más de una vez, «que se perdieron las referencias».
Y tampoco comprendo la persistencia de ciertos periodistas desviviendo por la palabra de uno de esos vejestorios, el Goyo, que ha perpetrado violaciones diversas, entre ellas de la Constitución, que nunca se expresó como un ser normal y que, patéticamente encocorado todavía, jamás admitirá sus culpas y seguirá galleando entre silabeos, chistidos y sonidos guturales. ¿No han advertido mis colegas que ya fue y que si algo le hace falta es la cárcel o un geriátrico enrejado y no un micrófono?
Claro, puedo estar equivocado. En ese caso, ¿será otra persistencia? Qué horror. *
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