Banalización y mercantilización del arte
Prescindamos de la opinión casi unánime de la crítica especializada, que parece haberse ensañado con esta obra de arte, y disfrutemos de los valiosos aportes a nuestra cultura que prodiga el filme. De esta forma, los audaces conceptos, las sesudas reflexiones, las sorprendentes revelaciones contenidas en la novela se divulgarán masivamente para enriquecimiento de nuestro espíritu y nos ayudarán a comprender mejor por qué es conveniente un tratado de libre comercio con los EEUU y cómo redoblar esfuerzos en nuestra lucha a favor de las plantas de celulosa. Es más, me atrevería a afirmar que gracias a la preclara inteligencia de Dan y Ron, los grandes problemas de la Humanidad serán prontamente resueltos: se acabarán las hambrunas, las guerras, el sida y la mala racha de Peñarol.
Es lo que tienen las grandes obras de arte: son tan removedoras, nos sacuden a tal punto, que hacen tambalearse nuestras certezas y convicciones más íntimas.
La prueba está en las reacciones que la novela provocó en la Santa Madre Iglesia y particularmente en una de sus (iba a escribir sectas pero me contuve a tiempo) órdenes o congregaciones. Desde que los escaparates de las librerías se atiborraron de ejemplares del libro, surgieron voces de alarma que ponían el grito en el cielo (y en el infierno) y acusaban al novelista de falsario. Y no es para menos: la tesis sustentada en la novela supone un ataque directo a los dogmas que son el basamento sobre el que descansa el imponente edificio de la fe católica; templarios, monjes alucinados, intrigas, secretos, todo conspira para tergiversar la Historia Sagrada y socavar los cimientos de la Iglesia.
No obstante, parece que no todo es un invento producto de una mente satánica. Miembros uruguayos del Opus Dei han reconocido públicamente el uso del silicio en la congregación como forma de emular a Jesús en su sufrimiento. Es una lástima que no hayan tomado ejemplo de otras características del Maestro, como, sin ir más lejos, su definitiva solidaridad con los pobres, su toma de partido a favor de los desposeídos y su renuncia a la posesión de bienes materiales. Pero en fin, algo es algo, y mientras llevan a cabo lucrativos emprendimientos, cada tanto se dan una biaba de azotes como forma de padecer el sufrimiento de Cristo y asegurarse así el paraíso.
Ahora volviendo al tema, debo reconocer que tales datos de la realidad son minucias que en nada alteran el contenido profundamente blasfemo de la obra que tanto y con tanta razón ha irritado a las autoridades eclesiásticas.
Con el ánimo de dar una manito a tan digna institución, pilar de nuestra civilización occidental, me permito sugerir la siguiente estrategia para contrarrestar las calumnias de Dan Brown & Co.
Propongo que se contrate a un grupo de escritores exitosos (de esos que ya son best-sellers antes de que su obra se ponga a la venta) con el cometido de elaborar una gran novela en la que aparezcan Marx y Engels como una pareja homosexual; en la que Gardel practique la zoofilia con los bueyes de la carreta cuyos ejes se negaba a engrasar; en la que se narre cómo Fidel Castro amasó su incalculable fortuna personal; en la que quede demostrado que don Pepe Batlle rezaba el rosario todas las noches y se confesaba y comulgaba con Domingo Arena, un pseudoácrata que era en realidad un oscuro monje excomulgado por sus vínculos con el Priorato de Sión; en la que se hable de la pasión del Che Guevara por las hamburguesas de McDonald’s; en la que figure Aparicio Saravia como gran maestre de una logia judeo-masónica; en la que se devele el misterio del cuadro de Blanes conocido como el Desembarco de los Treinta y Tres y se pruebe fehacientemente que Rivera fue el Oriental número treinta y cuatro, que aparece escondido detrás de unos matorrales; y que finalmente se desenmascare a Zitarrosa presentándolo como un plagiario que copió estrofas enteras de la Leyenda Patria, de la ópera I Pagliacci y de canciones de Palito Ortega.
Francamente, y hablando en serio, no creo que haya mejor manera de incrementar el interés por una película menor surgida de una novelita mediocre que salir a la palestra a denostarla por sus falsedades. Si hasta parece que se hubieran puesto de acuerdo Dan Brown, su editor y Ron Howard con Benedicto XVI para promover toda la parafernalia marquetinera que está garantizando el inmerecido pero previsible éxito de la película.
Exito de taquilla que permitirá que unos cuantos embolsen dólares a lo bobo, aunque esos cuantos se convierten en poquísimos comparados con los millones de papanatas dispuestos a pagar para ver la película.
Pero lo lamentable es que, más allá del éxito de taquilla, el entusiasmo por el thriller de Dan Brown llevado al celuloide confirma el éxito de los embates estupidizantes de la frivolización que padece la cultura globalizada. *
(*) Periodista
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