Una mano solidaria
Medio arrugadas y con olor a naftalina, las pilchas de lana están de nuevo con nosotros.
Es que de nochecita y ni te cuento de madrugada comienza apretando sus tuercas el botón y gélido tornillo. Empiezan las colas en los refugios municipales de esos hermanos y compatriotas, que nada tienen. Ahí es donde un plato caliente y una frazada hacen la diferencia entre seguir viviendo o piantarse. Mucha gente se mueve para darles una mano. Llega un remolino de recuerdos de otros tiempos y de otra gente fraternal. Por el Cerrito de la Victoria había un local grandote de la Sociedad Filantrópica Cristóbal Colón. Se entregaba gratuitamente gran cantidad de alimentos.
Personas muy pobres se arrimaban a «la Cristóbal», como le decían entre ellos, para recibir unos prolijos paquetes cerrados con gruesas piolas. Contenían trozos de carne cocida, una galleta de campaña y si llegaban temprano ligaban un atadito de verdura.
A ese sitio solidario venían todos los vecinos de los ranchos de Chimborazo y los humildes habitantes de las viviendas precarias que rodeaban al Mercado. Por mediados del viejo siglo nació la tradición que todos los 12 de Octubre «la Cristóbal» regalaba algo más que alimentos como lo eran objetos de cocina y muebles que recibían de muchos filántropos que los apoyaban. Por el viejo Cordón, en la calle Magallanes, tenían otro comedor gratuito que diariamente movilizaba a cientos de personas que buscaban esos ricos guisos para bancarse el invierno.
En el querido barrio Palermo, la solidaridad tomaba la forma de largas sotanas marrones por donde asomaban unas rústicas zapatillas. Por Maldonado y Minas, «los capuchinos» tenían una puertita que se abría todos los mediodías. Frente a ella se armaba una pequeña cola de bichicomes, linyeras y otros desolados náufragos urbanos que con una lata vacía en sus manos esperaban con resignación.
El recipiente se llenaba con sopa de grandes fideos o con humeante y querendona polenta. Mientras el debilucho sol invernal apenas calentaba a ese barrio de conventillos, ahí estaban ellos sentados en los cordones raspando el fondo de sus latas y entre varios compartiendo el tinto semillón. Por los alrededores del nuevito Palacio Legislativo, estaba el faro solidario del Ejército de Salvación.
Todos los conocían porque trillaban las plazas con su banda musical compuesta por doradas trompetas, enormes platillos y un gran bombo con sus inscripciones cristianas. Recaudaban fondos para mantener ese gran galpón cerca del Palacio donde alimentaban y hacían pasar la noche a los más desposeídos. A un costado del local estaba el horno para el pan casero y en las grandes cocinas de fierro a pura leña calentaban las cacerolas y su salvador morfe.
Familias enteras se quedaban en ese acogedor galpón calentado por braseritos protegidos por aquellos pacíficos «hermanos salvadores».
Es que tanto ayer como hoy, siempre habrá vecinos solidarios para dar una mano a los que nada tienen. Con más recuerdos y música, los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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