Es muy feo mirarse al espejo y de pronto ver quiénes somos

Cuando andes con bronca, busca el diálogo

Es un problema genético humano. Está ahí. No se le puede ignorar. Pero se le puede estudiar. Estamos hablando de la bronca.

No se sabe exactamente cómo funciona. Pero cuando el gen hace «crac», el hombre se enloquece. Y es capaz de todo. Pero ojo, no estamos hablando de la enajenación, que está bien diagnosticada y cuyas víctimas terminan en el manicomio. Estamos hablando de una persona normal.

Al respecto, hay estudios europeos realizados con langostas africanas. El insecto, que casi sin aviso crea nubes depredadoras que vuelan cientos de kilómetros destruyendo todo a su paso, es el mismo que vive la mayor parte del tiempo tranquilo, tendiendo su parcela como cualquier otro artrópodo. En este estado se le conoce con el nombre del pequeño saltamontes.

La «bronca» parecería comportarse de la misma manera. Ayer en Londres: un hombre le pegó un escopetazo a su mujer apenas se enteró de un engaño amoroso. Más tarde, un tipo se bajó del coche y le encajó una piña que dejó frito al que lo acababa de chocar. La emancipación femenina trajo consigo un bagaje parecido en el sexo opuesto: aunque ellas generalmente prefieren el cuchillo.

A todo lo anterior hay que sumarle un tipo de conducta hostil más siniestra: el de la violencia organizada. La misma gente que, como el caso del saltamontes, parecía normal y con la cual se podía compartir sin problemas un buen asado dominical, el lunes se junta con otros para organizar actos de violencia extrema en forma coordinada y secreta.

Pueden ser los patoteros frustrados que planean armar una trifulca la noche del próximo partido de fútbol. Puede ser el mafioso que busca saldar cuentas con los que están pisando su terreno con «merca» de otros. También puede ser un ministro o un policía organizando la próxima acción de un escuadrón de la muerte.

Estamos hablando ahora de la «rabia». Es un paso más allá de la «bronca». Un paso mucho más allá. En Latinoamérica, durante los años 70 los escuadrones de la muerte estaban a la orden del día. Eran una forma oficial de canalizar odio rabioso. Argentina fue el más fiel exponente de esa práctica que incluía la desaparición y ejecución secreta de individuos, como «solución final» a la disidencia política. Crearon así un complejo organigrama clandestino que incluía bien definidos puestos de trabajo, como los tristemente celebres «chupaderos». El sistema no era muy diferente a la red de captura, transporte, concentración y exterminio racista y xenofóbico de la doctrina Nazi.

¿Como fue que Argentina pasó de la rabia de 1976 a este aparente civilismo de 2006? Habría que estudiarlo. La otra alternativa es tapar todo y como con vergüenza decir «aquí no pasó nada». Ni vencedores ni vencidos, el Estado perdona un momento de locura.

Una de las probables respuestas al problema puede estar en la crisis social argentina del 2001. Algunos la llaman «la crisis financiera». Ese fue el día que la Argentina entera tuvo que mirarse al espejo, a la misma hora, el mismo día y darse cuenta, de una vez y por todas, que nunca iba a ser la potencia mundial, ni siquiera la regional, que siempre había soñado.

Ese fue el día de la verdad para los argentinos: no debe olvidarse ni disminuirse su significado. Esa crisis fue mucho más importante para la verdad histórica del país que la subida y la caída de Perón, la subida de Frondizi, la caída de Illia, la caída de Onganía, la caída otra vez de Perón, la subida de Videla, la caída de Galtieri y el resto de la calecita presidencial reciente que termina ahora con Kirchner. Podemos pasarnos todo el día hablando de subidas y bajadas de individuos que no tienen ningún peso histórico para definir lo que verdaderamente pasa en Argentina.

La crisis de 2001 fue mucho más que una crisis financiera. Los pueblos tienen tendencia sino tanto a olvidar, más bien a engañarse a sí mismos. Es muy feo mirarse al espejo y de pronto ver quiénes somos, qué hay debajo del maquillaje.

Pero vamos a no culpar demasiado a nuestros hermanos argentinos con esto de la rabia, porque la vivimos todos, cada uno a su manera.

Como en una serial americana de investigación forense, vayamos a las pruebas. Analicemos la escena del crimen. Como si fuésemos un Sherlock Holmes inspirado, saquemos la lupa y el lápiz para investigar todo, hasta los detalles más pequeños. Hasta lo que no se ve.

Lo que sí se ve es una clase media latinoamericana desesperada por mantener sus privilegios a cualquier costo, especialmente si esos costos los van a pagar otros. Una clase media capaz de arañar todo con tal de no caer al abismo. Lo importante es mantener el estatus social, aunque sea disminuido, a través del status quo. Un «no hagan olas» prosaico.

Los culpables fueron siempre otros: la guerrilla, los banqueros, los políticos, los militares, el comunismo, el socialismo, el neoliberalismo, los justicialistas, el capitalismo. Está claro que nunca nos vamos a echar la culpa a nosotros mismos. Hasta que el país se desploma y no hay más nadie a quien echarle la culpa. Se llega así a esta calma, que es una clase media finalmente disminuida en conjunto.

Queda bastante claro de que hay una sola moraleja: cuando andes con bronca, busca el diálogo. Porque la culpa la tenemos todos y las soluciones también, fragmentada. Con esto no nos referimos a los culpables ante la ley: esos, siempre tendrán que pagar sus crímenes. *

 

(*) Corresponsal en Londres

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