El reaparecido
Bioy Casares escribió sobre un hombre que, a la noche, de tanto mirar un armario del dormitorio que le gustaba mucho, sueña que se abre la puerta del mueble y aparece un tipo que le habla y lo vuelve loco. Al hombre lo internan y un día el médico le dice que está curado, que vuelva a casa.
Lo recordé leyendo unas declaraciones de Carlos «Chacho» Alvarez, titular de la Comisión de Representantes del Mercosur, hechas en Argentina. Dijo que un acuerdo comercial entre Uruguay y Estados Unidos perjudicaría al bloque sudamericano y sería un «simplismo».
Qué personaje, Chacho.
Es innatamente anfibio, con discurso de contorsionista que lo vuelve incombustible. No lo quema ni el ácido. Según lo que ha pregonado de sí mismo, y lo que la historia reciente ha escrito, fue peronista, después independiente, inventó el Frepaso para enganchar a De la Rúa, le pisó los callos a Fernández Meijide, alcanzó la vicepresidencia, renunció escandalosamente, quebró su propia creación política y, ya dado por desaparecido, resucitó colgado de las medias de Kirchner con un carguito clave en el Mercosur.
Cuando Uruguay pidió la convocatoria del Tribunal de Controversias hizo la de Houdini (no la de Blaine, a quien sacaron cinco segundos antes de que se ahogara) y se volatilizó; nadie advirtió su sombra, nadie le escuchó ni un gemido.
Pero, de pronto, reapareció para darle un palito al gobierno uruguayo.
Cuando se toma conciencia de quiénes son la carnadura de eso llamado Mercosur, uno se da cuenta por qué el otrora soñado bloque ha devenido esta entelequia que, al menos a Uruguay, lo único que puede darle es dolor de cabeza.
Ah, el cuento de Bioy no termina con el hombre volviendo a casa. La primera noche, sintiéndose curado, vuelve a mirar el armario, que lo tienta. Entonces se entreabre la puerta y el tipo, sonriendo, asoma la cabecita otra vez.
Si seguimos mirando al Mercosur, y no huimos de una buena vez, nos va a salir un Chacho a cada rato, por cualquier puerta. Para jodernos la vida. *
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