Entre héroes y villanos
La vida vale cada vez menos en nuestro país. En el trágico proceso de descaecimiento de los valores que distinguieron a nuestro país en el concierto de naciones americanas, éste, el del respeto a la vida humana, cobra día a día una relevancia estadística preocupante.
Es obvio que estamos pagando tributo a un proceso de destrucción de ideas, valores, costumbres que estuvieron arraigadas por decenios en la convivencia entre los uruguayos. No fue algo casual. Si bien comenzó a manifestarse en el período que preludió la década de la infamia, fue desde la irrupción del militarismo en los setenta que introdujo el desprecio a las libertades como forma de vida, que se puede hablar de cambio radical en la conducta de los ciudadanos en referencia.
El ejemplo de la violencia institucional se extendió a sectores de la sociedad
El fenómeno se agravó con «los años dorados del neoliberalismo», del auge del consumismo desenfrenado, del culto al éxito individual y al atajo como forma de escalar socialmente.
Hoy se pagan las consecuencias de la orgiástica deificación del mercado y la demonización del Estado. Los resultados son una sociedad social y económicamente fracturada, una oferta educativa empobrecida, la exclusión de cientos de miles de compatriotas que «se cayeron» del sistema, y en consecuencia, todos los males que ello acarrea.
La violencia es uno de estos males. Pero no se trata de caer en una suerte de fatalismo que lleve a una actitud inercial por parte de la institución especializada en prevenir y combatir la actividad delictiva.
La Policía uruguaya y sus contradicciones
La ideología del éxito a cualquier precio penetró en toda la sociedad y el Estado. Los noventa fueron prolíficos en episodios de corrupción de gobernantes y también, por desgracia, de policías, a todos los niveles, que eligieron el fácil camino de transar con el delito e incluso ponerse al frente del mismo.
Mientras en los círculos más privilegiados del poder se instauraba «la comisión» y «el tráfico de influencias» en negocios públicos, incrementando no pocos políticos y funcionarios sus patrimonios personales y familiares, no se puede olvidar el explosivo fenómeno de las polibandas que hicieron su violenta irrupción en diciembre de 1996. En pocos meses realizaron decenas de espectaculares robos acumulando un botín de más de 6 millones de dólares que nunca apareció.
Por eso no debe sorprender esta nueva ola de acciones delictivas que tienen a policías como actores de primera línea. No debe sorprender pero sí alertar y preocupar a la sociedad y, en especial, a las autoridades.
Hay que admitir que los actuales titulares del Ministerio del Interior han actuado con rigor y no les ha temblado el pulso a la hora de castigar a los uniformados que se apartaron de su condición de representantes de la ley. Pero no alcanza. Se requieren medidas a corto y mediano plazo que auguren un horizonte más digno para los habitantes de un Uruguay cada vez más sumidos en el temor y la inseguridad.
El Estado debe estimular y premiar las conductas honrosas como, por ejemplo, la de los investigadores de la Policía de Canelones que pudieron esclarecer la sucesión de ejecuciones sumarias de transportistas, o de quienes aportaron luz e hicieron justicia en el macabro crimen del inmobiliario de Maldonado.
Policías de un lado y policías del otro. Esta es la realidad y sobre ella debe abordarse la cuestión de fondo, la de la transformación del instituto policial en una fuerza altamente profesionalizada al servicio de los ciudadanos, respetable, confiable, moderna y eficiente.
Se requiere por parte de los poderes públicos de recursos y voluntad política, y de la sociedad civil la conciencia de que es tarea de todos, cada quien aportando de acuerdo a sus posibilidades.
En la reconstrucción del país saqueado por los Peirano, por los Röhm, por los Benhamou, por las SAFI de los dineros sucios, por los evasores contumaces, la seguridad y la convivencia pacífica es un valor a recuperar tan importante como el del empleo digno y la educación con contenidos acordes a las nuevas exigencias de un mundo fuertemente competitivo. *
(*) Periodista
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