Libertad de prensa y manipulación de la información

El deber de informar

El martes 9, el matutino El Observador brindó una información alarmante que mereció una ventana en tapa y un desarrollo que ocupó toda la página 3. «Murieron dos de los pacientes que fueron a Cuba», fue el título de tapa. «Dos uruguayos murieron en Cuba; eran del plan Operación Milagro», fue el título de la nota de página 3.

A la pucha, me dije cuando leí la información, en fija que hubo mala praxis; así que la medicina en Cuba no está al nivel que la pintan y tienen razón los que pusieron el grito en el cielo cuando se habilitó este tipo de intervención quirúrgica en la isla.

Ahora bien, en el colgado se aclara que ambas muertes ocurrieron por causas ajenas a la cirugía ocular. Con lo cual me zambullí a leer la nota pensando que la cosa podría ser peor. ¿Hubo negligencia en el post-operatorio? ¿Sufrieron el contagio de alguna bacteria intrahospitalaria? ¿Le erraron a la medicación? ¿No estuvieron bien atendidos? Y si alguna de estas hipótesis fuera descartada, ¿fueron víctimas de la brutalidad de la policía cubana o los mataron para robarlos? Fueron éstas algunas de las posibilidades que manejé hasta que, al leer la nota, descubro que uno de los pacientes uruguayos tenía patologías cardíacas, estaba medicado y sufrió una caída que le causó la muerte; el otro paciente padeció un accidente cerebro-vascular antes de operarse y falleció como consecuencia de ello. Ambos decesos ocurrieron hace varios meses.

Esta información ocupa un poco menos del 50 por ciento de la nota, y el resto versa sobre el conflicto surgido en Montevideo entre el gremio de oftalmólogos y el MSP. (Dicho sea entre paréntesis, no me voy a meter a opinar sobre el asunto, pero sospecho que si las autoridades uruguayas aceptaron la oferta cubana de operar de cataratas a los uruguayos más pobres en forma gratuita en la isla, debe de ser porque los oculistas de acá no estaban dispuestos a curar a sus connacionales gratis, digo yo).

¿Y entonces? ¿A qué se debe el título y el destaque dados a un hecho absolutamente menor? ¿A qué obedece esta manipulación de la realidad que termina tergiversándola? Y no porque se haya mentido sino porque una información objetiva e inobjetable ha merecido un tratamiento que eleva el hecho consignado a la categoría de noticia conmocionante, con connotaciones e implicancias varias. La noticia es cierta, pero cabe preguntarse si es realmente una noticia.

Y la conclusión, la única conclusión, es que detrás de esa «noticia» aparentemente inocente está el oscuro propósito de cuestionar al régimen cubano, de instalar la duda sobre la solvencia de sus médicos y los avances científicos. Una maniobra deleznable que de algún modo intenta empañar una acción ejemplar de solidaridad. Un caso claro en que se ha abusado de la libertad de informar.

Este tipo de manipulación de la información –amén de otras prácticas características de los medios amigos del establishment– está en el origen del desprestigio de la prensa de que hablaba Ramonet hace ya un tiempo.

Y probablemente dichas prácticas que condeno sean la causa de la reticencia y el malestar exhibidos recientemente por nuestros gobernantes. Hace pocos días, se vio al presidente visiblemente molesto y al ministro Mujica francamente enojado con los periodistas porque éstos no hacían las preguntas que aquéllos esperaban: en vez de interesarse por el acuerdo entre Funsa y Cutcsa, seguían indagando por el famoso te-ele-ce con EEUU.

Sin embargo, y sin dejar de reconocer que a veces los medios meten la pata, quiero romper una lanza por mis colegas. Creo que en este caso concreto, la culpa por la insistencia de los periodistas en un determinado asunto no debe atribuirse a la búsqueda de sensacionalismo o a prácticas condenables, sino a un hecho absolutamente objetivo e innegable: la gente quiere estar informada, quiere que le batan la posta. Y recurro a esta expresión para no caer en el jingle de una de las campañas electorales del doctor Jorge Batlle, de malos recuerdos.

La gente en general y los frentistas en particular –me refiero a los militantes y no necesariamente a los votantes que están en otra y que tanto les da– necesitan que se les expliquen las cosas, las decisiones y las medidas que adopta el gobierno; no merecen que se los subestime y exigen, con razón, certezas. Y no son precisamente certezas lo que el gobierno ha estado transmitiendo últimamente con respecto al propósito de profundizar las relaciones comerciales con EEUU. Ambigüedades, equívocos que se prestan a especulaciones, aseveraciones luego desmentidas, anfibologías que requieren interpretaciones, han estado presentes en el discurso de los gobernantes.

Creo que todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión respecto de infinidad de cosas. Lo bueno sería que los gobernantes fueran más claros a la hora de explicar a la gente por qué han mudado su parecer sobre ciertos aspectos nada desdeñables del quehacer nacional; que reconocieran con humildad que tenían una visión errónea de determinados asuntos y que nos convencieran de que tienen razón al optar por otro camino.

No pienso que un tratado de libre comercio con EEUU signifique una traición a los principios e ideales de la izquierda, porque si así fuera, estaríamos confundiendo coherencia y consecuencia ideológicas con fidelidad a dogmas religiosos. Un TLC con EEUU será malo en la medida que nos perjudique económicamente o que implique alinearnos a favor de la política exterior estadounidense. Si hay algo de esto último, debemos rechazarlo de plano; y lo primero habrá que estudiarlo con lupa muy en serio y muy a fondo.

Mientras tanto, no se enojen con nosotros, pobres periodistas que sólo nos proponemos informar a la opinión pública. *

(*) Periodista

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