UN CENTRO CON HISTORIA EN EL CORAZON DE "LAS ACACIAS"

Red solidaria entre suecos y uruguayos puso el ladrillo inicial para que niños y niñas tengan su lugar

La iniciativa nació de un grupo de personas del barrio «Las Acacias»; maestros, padres, asistentes y profesionales de la comunidad comenzaron a movilizarse ante la necesidad de tener un centro de educación inicial, ya que muchos de los chicos ingresaban a la Educación Primaria sin tener tal atención, hoy prioritaria.

En el centro que nació con capitales que llegaron del extranjero  precisamente desde Suecia  se atiende a niños de dos, tres y cuatro años, en dos horarios que se extienden desde las 8.30 de la mañana hasta las 17.00 horas, con un grupo de tiempo completo que es atendido durante todo el día.

La maestra Aída Rodríguez, una de las fundadoras del centro, en diálogo con LA REPUBLICA contó que durante sus diez años de exilio en Suecia conoció a otros uruguayos con los que conformaron un grupo de apoyo. El gobierno sueco brindaba a través del tesoro nacional un determinado monto para que fuese transferido a una asociación para que desarrollase un proyecto determinado, en especial en países del «tercer mundo».

«Yo volví a Uruguay en el año 1987, expresa Aída, en Suecia había quedado un grupo de amigos con los que habíamos trabajado juntos en solidaridad con Uruguay durante todos esos años, ellos querían hacer algo, entonces nosotros propusimos la idea de abrir un Centro de Educación Inicial con el apoyo de ellos».

Con el proyecto elaborado, el que tenía una duración de dos años, y la aprobación de los suecos, llegó el dinero, «tal financiación cubría la compra de una casa, el amoblamiento y el sueldo de dos maestras durante ese período de dos años».

 

Un abuelo con mañas de buen comer

«Esto era mucho más chico de lo que es ahora, la reformamos toda, esto era una casa de familia», cuenta Aída, «al principio comenzamos a funcionar con 32 de niños (16 en la mañana y 16 en la tarde) dos maestras Lucía y yo (Aída). La idea era que al centro llegarán los niños con mayores necesidades en educación inicial en ese momento y para esa elección tuvimos un apoyo total de la gente del barrio que nos aportaron información hacia qué familias apuntar».

Al principio el centro no tenía la posibilidad de brindar algún tipo de alimentos a los niños, pero tenían la sensación de que les hacía falta la comida y ante uno de sus principales principios «que no se le dé nada a nadie porque se piense que hay que darle, sino porque realmente surge por una necesidad de la gente», se hizo un convenio con el Instituto Nacional de Alimentación (INDA) por el cual se consiguieron los alimentos secos y los padres fueron los encargados de conseguir todo lo demás para elaborar el almuerzo, desayuno o merienda de sus hijos.

Así fue como, quien era conocido en el barrio como el «abuelo Oscar», jubilado y papá de Aída, la maestra, llegó al centro y se puso el delantal; fue su primer cocinero y el que se las ingenió de mil y una maneras para que a la hora de sentarse a la mesa los niños y niñas tuvieran el mejor plato del día.

Luego en el año 1992 la asociación civil que se creó desde el principio para ser soporte del centro, consigue ser partícipe del proyecto «Nuestros Niños» de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM). De esa manera pasaron a integrar una red de centros conformada por otras 19 instituciones de la periferia capitalina y fue por medio de este programa, que se lograron los sueldos de todo el personal, todos los alimentos frescos y la capacitación pedagógica y educativa.

A ello debe sumársele la ayuda de Suecia que aunque era por dos años, el grupo de apoyo continuó colaborando, lo que les permitió poder ampliar la casa y crear nuevas aulas de mayor tamaño.

Hoy, el Centro atiende a 75 niñas y niños del barrio y en especial de la zona vecina, Marconi. El propósito de las educadoras es que el centro sea «abierto», que «haya una activa participación de los padres, y que las familias sientan que es un lugar que les pertenece de verdad».

 

Activa participación de los padres

Con la idea de participación e integración es que los padres y madres llegan al Centro para realizar la limpieza de todo el local. «No tenemos rubros para pagarle a una persona, expresa Aída, y es una manera de que ellos lo hagan de la mejor manera. Hemos ido aprendiendo mucho ‘con esto de la participación’, en principio uno tenía la imagen de que participar era venir a una reunión cuando se citaba para una hora determinada, después nos dimos cuenta de que a veces los padres no pueden venir, y no es por falta de interés; entonces con el correr de los años hemos ido descubriendo cómo podemos darle un lugar de participación a cada uno cuando esa persona puede».

Por su parte, Claudia, una de las educadoras del Centro reparó en que ese ha sido uno de los grandes logros de la institución, que las familias participen; fundamentalmente en un barrio donde la gente no ha tenido posibilidades. «Yo creo que el gran logro fue ese, dice Claudia, que la gente haya hecho una apropiación del lugar. De sentir que vos podés y que tu aporte es importante también». *

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