Seguir por el camino que venimos transitando

Misiones de paz

Viene bien de vez en cuando un descanso inesperado: gracias a él pudimos leer la extraordinaria polémica entre José Batlle y Ordóñez y el secretario general del Partido Socialista Celestino Mibelli publicada en El Día entre mayo y julio de 1917 («¿Reforma o Revolución?: La polémica Batlle   Mibelli. 1917″ – Recopilación de Milton Vanger   Ediciones de la Banda Oriental   1989).

Estaban en pleno la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa que dará lugar a la división del Partido Socialista y al nacimiento del Partido Comunista del que Celestino Mibelli será fundador.

Clima de una guerra atroz que marcará severamente a la humanidad.

La enorme mayoría, los corazones y pensamientos más altos, daba como seguro, que luego de lo sufrido y superada esa guerra, los seres humanos iniciarían una decidida marcha hacia la paz sin retroceso posible: no cabía imaginar otra cosa. A tal punto se había llegado en materia de atrocidades y carnicerías.

El pacifismo campeará por sus fueros en poco tiempo y, paradojalmente, su misma fuerza, contribuirá poderosamente a confundir y a equivocar a los mejores cuando, en cuestión de pocos años, los peores comenzarán a prepararse nuevamente para una guerra mucho más atroz que la anterior.

Es necesario decir esto para contextualizar el debate que tuvo su origen en la propuesta batllista de «un pueblo armado e instruido militarmente» mediante «un servicio mixto de reclutamiento, de enganche voluntario y servicio obligatorio».

Mibelli consideraba que Uruguay no necesitaba ejército y por lo tanto debía abolirlo. Y que «la única guerra posible hasta el momento de la paz en la igualdad sería entre los capitalistas y los proletarios».

Por su parte Batlle había propuesto en la Conferencia de Paz de La Haya en 1907, y reiteraba en 1917: «La paz internacional se establecerá y puede suceder que en breve tiempo, mediante la resistencia de cada pueblo a las pasiones de los otros, y por la alianza de algunos de los mas cultos y populosos para hacerla prevalecer, sobre bases de justicia, por medio de la fuerza.»

Dos grandes hombres polemizan sintetizando el pensamiento de grandes corrientes de opinión bastante emparentadas.

A la distancia, sus sueños y sus posiciones, sus utopías y demandas muestran, incluso ante los más garrafales fracasos, además de su potencia, la masa tierna de sus más puras convicciones.

Porque las dos propuestas fracasarán hasta hoy: la del socialista Mibelli que no necesita ni quiere ejércitos ni guerras porque no ha descubierto todavía la «cuestión nacional» y se «come» el fenómeno imperialista (es fanáticamente globalizador y neoliberal). Su lucha internacionalista, de proletarios siempre hermanados contra burgueses también siempre hermanados, culminará en la Revolución Mundial que unirá a todos los pueblos fraternalmente.

La de Batlle, que ve con toda claridad la «cuestión nacional» y la imperialista; que lucha por proteger su industria contra el libre-cambio, y cree, también a pie juntillas, que pronto, al terminar esa Primera Guerra Mundial, advendrá en el planeta la República Mundial (así lo dice) donde no serán necesarios los ejércitos nacionales porque habrá uno solo, internacional, que basado en la justicia impondrá el orden y el derecho por la fuerza de los buenos en los cuatro puntos cardinales.

Puede decirse que desde aquel entonces (en realidad desde mucho antes) esos han sido los sueños. Esos los propósitos. Hasta ahora en vano.

Pocos años después de aquélla polémica estalló la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial durante la que, nuevamente, las potencias a la postre victoriosas, se plantearon (casi desde el principio) con el apoyo prácticamente unánime de la humanidad, construir, imponer a la fuerza, un sistema de gobierno internacional basado en la justicia de las más hermosas ideas, en el derecho, y en la fuerza necesaria para hacerlo respetar.

La Guerra Fría tal vez haya sido el período más largo desde entonces en el que, a pesar de graves convulsiones, guerras y otro tipo de enfrentamientos, el planeta estuvo más «tranquilo» y, por lo menos, evitó entrar en guerras mundiales que, dado el desarrollo de los armamentos, garantizaban la aniquilación mutua de ambos bandos contendientes o sea: de la humanidad.

La guerra con esas armas devino imposible: no era ni es ya la continuación absolutamente de nada.

Derrumbado el llamado Campo Socialista, dando por fin entonces a la Guerra Fría, y cuando todo hacía esperar por fin la llegada de lo tan esperado a lo largo del siglo XX, el atentado del once de setiembre pero también la Doctrina de la Guerra Preventiva lanzada por Bush en 2002 recomienzan una «noria» aparentemente sin salida a la vista.

Ahora el «enemigo» es intangible, inasible, vaporoso, diseminado… La guerra no presenta frentes de batalla. Todo es retaguardia y todo es frente. Los golpes se puedan recibir y devolver en cualquier lado. En teoría, además, los puede devolver cualquiera… Y no sólo Estados Unidos.

Se abandonó, ya en varias oportunidades, lo multilateral por lo unilateral. Incluso la represalia por la prevención y aún la anticipación.

El sistema internacional, por lo tanto, si sigue así, amenaza quedar reposando en las manos de las más grandes potencias las que por sí y ante sí, apoyadas en su fuerza y sus particulares convicciones, combinadas entre sí, o no, se encargarán del Gobierno Mundial. Que ya no será la República Mundial de la que nos hablaba Batlle.

Ni tampoco el sueño de igualdad del que nos hablaba Mibelli.

Por el contrario, dada la explosión demográfica, los límites ecológicos infranqueables, y el sistema de despilfarro en boga, grandes masas de población quedarán no sólo excluidas sino que deberán ser sacrificadas para que el resto pueda disfrutar el banquete de la vida.

Ese dato crucial último es el que se agregó estridentemente al panorama mundial y el que da trasfondo a la situación que venimos reseñando.

Decía hace poco en el CALEN el coronel Juan J. Pioli: «Pero, para mucha gente en los países en vías de desarrollo y para las minorías marginadas en los países industrializados, esos son sólo sueños fugaces que mueren cada día, cuando despierta la realidad del hambre. Del cambio como oportunidad sólo perciben la estela evanescente de una alternativa imposible que pasó.»

Y se preguntaba mas adelante: «¿Cuál es el lugar que queda para la seguridad?»

Contestándose: «Quizás la estructura reticular de las nuevas organizaciones de resistencia nutridas de tres principios: el de la medida de la eficacia en sus acciones, el de adecuación a las formas contemporáneas de producción económica y social y el de la libertad (en el sentido de no tener dependencia de una autoridad central) conformando así la más acabada expresión del terrorismo moderno, nos marque un extremo  apocalíptico  al que puede llegar la inseguridad».

Una cosa alimenta a la otra. Se retroalimentan. La «noria» sigue.

País pequeño como el nuestro, con antecedentes hermosos como los ya citados, que nos han dado prestigio internacional (porque no hubo improvisaciones), con un desarrollo de los mejores del mundo hoy en Misiones de Paz, como en tozuda y tenaz repetición empeñosa de una vocación pacifista y pacificadora a lo largo de los años (de muchos años), respetuoso del derecho internacional, partidario de la multilateralidad o, si se quiere, de la República Mundial, parece claro porque además así lo manda la Constitución que nos rige y los principios que nos asisten desde el pasado que, en la actuales circunstancias y en adelante, Uruguay debe seguir con firmeza p
or el camino que viene transitando. Llegar a esta conclusión, si es que a ella llegamos todos, no es poca cosa: definirá parte importante de la política internacional del país y, por ende, de nuestra política de Defensa. *

(*) Senador de la República

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