Hay petróleo
Qué historia la del petróleo.
Se cuenta que George Bissell, por casualidad, fue el responsable de la creación de la industria que lo explotaría hasta hoy: descubrió que un líquido negruzco e inflamable, usado como aceite medicinal en New Hampshire, podía servir como fuente de luz. A decir verdad, el petróleo, con otro nombre, ya era conocido en el Oriente Medio desde hacía siglos. El primer gran yacimiento de betún así se le llamaba estaba en Hit, en el Eufrates, muy cerca de la actual Bagdad. Plinio, en el primer siglo después de Cristo, dijo del betún: «Corta hemorragias, cicatriza heridas, trata cataratas, sirve para la gota, cura el dolor de muelas y el catarro crónico, corta la diarrea y alivia el reumatismo y la fiebre y es útil para enderezar las pestañas».
La historia posterior, Drake y Rockefeller incluidos, es más conocida, tanto como las crisis que el petróleo puede desencadenar y que afectan, sobre todo, a países sin yacimientos propios. Pues bien, en Uruguay hay petróleo.
Lo descubrió el cura Améndola, hace más de cincuenta años, usando métodos tan rudimentarios como los de Bissell, y lo ratificó, con otras investigaciones, aquella Comisión Nacional del Petróleo de las primeras organizaciones no gubernamentales útiles para el país- que presidió Raúl Irureta Goyena y que fue muriendo lentamente de inanición.
Pero si hay petróleo, ¿por qué aún no apareció? Habría que preguntarle a los gobiernos y directorios de Ancap que tuvo Uruguay durante el último medio siglo. ¿Dónde está aquella vieja y valiosa información? ¿Qué pasó con los múltiples estudios hechos después, a lo largo de años? Ah, misterio, misterio.
Una tarea prioritaria de las actuales autoridades de Ancap debería ser indagar al respecto. Algo van a hallar o, al menos, descubrirán quién afanó las carpetas, que las hay.
Después, como solos es imposible, será la hora de la asociación. ¿Petrobras? ¿Pdvsa? La respuesta tendrá mucho de economía y mucho de geopolítica.
Pero no podemos seguir sesteando. *
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