¿Podría usted dirigir el país?
En el mundo de hoy hay cursos para todo. En alta finanza se nos enseña a como mover grandes capitales sin fronteras y maximizar nuestros intereses pecuniarios.
En agricultura hay cursillos para mejorar la explotación de la tierra, los cultivos o el ganado. En turismo hay estudios organizados para mover visitantes como vacas al matadero. Pero hay un curso que no se da por ningún lado: el de capacitación democrática.
Resulta que para gobernar un país no hay que tener ninguna cualidad determinada, salvo el caerle bien a mucha gente. La pregunta se hace entonces imperativa: ¿podría usted dirigir el país?
Hace poco la BBC de Londres se hizo esa misma pregunta y presentó una serial de TV llamada «Comando en crisis: ¿podría usted dirigir el país? En cada episodio se reunían adentro de un búnker a tres individuos tomados de diferentes profesiones. Podían ser contadores, empresarios, banqueros o empleados.
Los invitados se sentaban alrededor de una mesa y se les daban cargos con nombres importantes como presidente, ministro del Interior y jefe de Policía. Durante una hora debían dirigir un país imaginario, bajo una situación crítica determinada, como miembros de un gabinete de emergencia. Lo que al principio parecía un juego, al cabo de media hora se convertía en un drama donde decisiones morales de vida o muerte debían ser tomadas con poco tiempo de discusión.
El escenario se presentaba de la forma más realista posible. La información provenía de noticieros de televisión, de informes policiales desde la zona de los hechos, de archivos confidenciales elaborados por los servicios de inteligencia, de rumores de testigos presenciales y de opiniones partidarias politizadas. Exactamente igual a como nuestros líderes toman sus propias decisiones en la vida real.
Acción: el país se encuentra en jaque, importantes pasos deben tomarse rápidamente para salvar vidas o estabilizar una situación extrema. Crisis: un grupo terrorista mantiene rehén a 200 individuos bajo amenaza de explotar una bomba radioactiva; condiciones climáticas extremas azotan a un pueblo costero; una represa hidroeléctrica está a punto de colapsar. Para salvar la situación, tal vez haya que sacrificar algunas vidas. ¿Puede usted resolver esta crisis?
Finalizada la «hora límite» en que las decisiones debían ser tomadas, el presentador analizaba el desempeño de los invitados. Al final, lo que más sorprendía a la teleaudiencia era lo mal preparada que está la gente para resolver crisis ministeriales. Por lo general, las medidas tomadas eran todas equivocadas.
Incomoda entonces pensar que en la historia de nuestros países muchos ministros se encontraron bajo las mismas condiciones y que por falta de preparación moral o por intereses creados, cayeron en decisiones desastrosas que comprometieron la vida del país y mataron a miles de personas reales.
Como en el programa de la BBC, muchas de las decisiones tomadas fueron inmorales, seguían intereses personales y en muchos casos, eran hasta ilegales. La moraleja es clara: los valores con los cuales nos manejamos en la vida privada no son aplicables a la vida pública donde afectan a personas que no conocemos, que no tienen nuestros mismos intereses, que son inocentes y a las cuales abusamos por exceso de poder.
Resultado: Es siempre más fácil tomar decisiones a puerta cerrada y de alguna manera amordazar a quienes sufrieron nuestras acciones. Demasiada gente no está acostumbrada al tráfico de ideas o al diálogo.
Por lo general, los conejillos de indias del programa mataban a personas inocentes, ejecutaban decisiones evidentemente inhumanas y guardaban silencio en lugar de alertar a la población. Todo bajo la excusa de «el interés común». La posición generalizada era «primero me salvo yo y mi grupo, después, sálvese quien pueda». No es la mejor premisa para dirigir los destinos de una comunidad democrática.
El tema sería para reírse si no fuese tan dramático. La historia contemporánea latinoamericana está llena de esos ejemplos, pero reales. Líderes políticos que firmaron la muerte de adversarios, redadas masivas de personas inocentes, tortura generalizada por considerársele un «mal menor», medidas de gobierno tomadas sin ninguna discusión. Al margen de influencias extranjeras y de la incidencia de intereses creados, la verdad es que hay un montón de gente por ahí que tiene un pésimo sentido de la democracia y algunas sueñan todavía con obtener el poder.
Al terminar el programa, como no siempre ocurre en la vida real, la BBC acusaba a aquellos que habían transgredido conceptos de derechos humanos o de haber ignorado leyes comunes. Si los casos hubiesen sido reales, los invitados habrían terminado presos.
Resulta entonces que corremos el riesgo de ser gobernados por dictadores solapados. Pero no olvidemos que hay una forma muy sencilla de controlarlos: la justicia. Hay leyes democráticas que fueron escritas hace mucho tiempo y que la tienen clarísima. Solo hay que tener la voluntad política de aplicarlas. Eso, y un cursillo urgente de capacitación democrática para todos en la vida pública, podría ayudar. *
(*) Corresponsal en Londres
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