Los "amigos ideológicos"
Los acontecimientos políticos han tomado un rumbo y una intensidad imprevista. Pocos podían prever que en estas horas se estuviera discutiendo en un clima tan favorable la posibilidad de establecer acuerdos comerciales con gobiernos, como los de México o Estados Unidos, con los que hay visiblemente poca o nula afinidad ideológica. Y, simultáneamente, que no sólo el gobierno, sino todo el país, viviera con angustia cuál va a ser el próximo golpe que nos espera de parte de los gobiernos amigos ideológicos.
No hay duda de que la realidad hoy más que nunca supera la imaginación. Los hechos están ahí, al alcance de la vista del ciudadano común, basta con prender la radio o la televisión, o leer algún periódico.
Tal vez sea prematuro encontrar la explicación más precisa para saber por qué pasa lo que pasa. Difícilmente exista una línea argumental única que todo lo explique. Se pueden ensayar múltiples teorías y todas ellas contendrán elementos que contribuyan a una comprensión más plena del nuevo escenario.
Esta breve reseña de hechos no intenta ir más allá de constatar el inesperado curso de los hechos.
El presidente Kirchner, «el amigo», hace la vista gorda a una intolerable violación de las normas que regulan la relación entre países miembro del cada vez más desvencijado Mercosur, en especial de aquellas que garantizan el libre tránsito de personas y bienes. Primero mira hacia el costado, luego consiente, más adelante alienta y por último se pone al frente de inusitado bloqueo de rutas. ¡No vaya a ser que se le escape algún voto en vísperas de un año electoral! Y lo que nació como una genuina reacción de ciudadanos temerosos de las consecuencias ambientales se transformó en una guerra mediática y en una sucesión ininterrumpida de gestos inamistosos de pésimo mal gusto. Desde tiendas kirchneristas, el lenguaje piquetero y de barras bravas sustituyó al político. La palabra fácil reemplazó la racionalidad de los discursos, aspecto este último que también alcanzó a algunas figuras de este lado del río. En este plano cabe destacar como ejemplo digno a emular la actitud del intendente rionegrino, Omar Lafluf, a quien le tocó en suerte ocupar la primera línea en este largo y amargo tiempo de agresión. Su mesura, lejos de presentarse como una actitud reflejo de debilidad, constituyó una imagen de firmeza de convicciones y de grandeza para navegar en aguas agitados.
Lula, «el otro amigo», no dudó en «meter violín en bolsa» ante la intolerancia de su colega argentino y gran socio regional cuando insinuó días atrás acercar posiciones.
Las afinidades ideológicas se evaporan. Los líderes de los socios grandes del Mercosur parecen estar empeñados en preservar sus respectivas chances de perpetuarse en el poder, uno sumido en escándalos de corrupción, el otro despertando crecientes rechazos por sus crecientes y alarmantes tics autoritarios.
El Mercosur, concebido como una asociación de esfuerzos y voluntades, como una sociedad de iguales, se presenta hoy como una desagradable caricatura de lo que pretendió ser.
En este escenario no debe sorprender, por el contrario debería provocar una sensación de alivio, que nuestros gobernantes –cuya acción en este diferendo no estuvo exenta de errores y, en especial de no pocas vacilaciones– ajusten su hoja de ruta y miren hacia el mundo sin establecer premisas ideológicas a la hora de definir con quién comerciar. Porque es lo que ha caracterizado las relaciones internacionales en los últimos decenios, incluso durante la llamada guerra fría entre los dos colosos de la época: Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética. Jamás pasó por la mente de los entonces dirigentes comunistas soviéticos despreciar el comercio con el mundo occidental, Estados Unidos inclusive. Tampoco duda de la conveniencia de establecer corrientes de intercambio comercial el gobierno de Cuba. Fidel Castro ha denunciado en cuanto foro internacional ha podido «el criminal bloqueo comercial» impuesto por los Estados Unidos. El veterano líder cubano ha invitado a empresarios estadounidenses, ha promovido encuentros comerciales, sin que por ello la dirigencia cubana sintiera que cedía en términos ideológicos.
Podría agregarse el caso de Venezuela, quizás el más paradigmático de cómo puede coexistir el máximo desencuentro político e ideológico entre los gobiernos de Washington y Caracas, junto a una fuerte relación comercial.
Más allá de que Uruguay no puede desconocer una realidad histórica, cultural, económica y geográfica que nos une a la región, no es menos cierto que en el mundo de las relaciones internacionales entre los países triunfa aquel que es capaz de derribar muros y abrir canales de comunicación.
Esta última movida de la administración Vázquez parece reposicionar a nuestro país con vista a una inteligente inserción internacional, en contraposición con la postura de la Casa Rosada instaurada por su presidente proclive al pensamiento único, a la verdad indiscutida. *
(*) Periodista, integrante de la Secretaría de Redacción
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