¡Mira vos!
Si uno analiza las preferencias humanas, como si mirase dentro de una olla donde cabe todo, puede comprender por qué cada vez es más difícil construir sociedades en que reinen la tolerancia y la benevolencia.
Y uno llega a convencerse de que, si bien a cada cual le asiste derecho a tener su preferencia –desde un Peñarol desatinado al socialismo, desde el asado del Pepe a la congelación de precios y salarios de Pacheco–, no es cosa de derechos sino de dar en el clavo.
Bueno sería, como primer paso hacia ese martillazo feliz, no olvidar nuestra finitud: como las placas de la corteza terrestre siguen moviéndose, también se mueven los continentes; y se juntarán y volverán a romperse, causando eras glaciales y extinciones en masa. Nada quedará en pie. Habrá otros nacimientos. Todo será diferente.
Y mejor sería después, a partir de certezas tan conmovedoras como ésta, cultivar el asombro para admirar debidamente cada día que vivimos.
Para eso, pocos consejos me han sonado tan sabios como el de Jostein Gaadner, filósofo y escritor noruego: enseñar filosofía desde la infancia para que el asombro no se agote jamás; hacerlo a partir de los dieciocho o veinte años es tarde. Hay una frase suya que no resisto la tentación de transcribir: «No hay por qué esperar hasta los diez años para aprender a nadar, pues la capacidad de nadar es innata. La capacidad de asombrarse ante la existencia también es innata. Pero debe cuidarse. Asombrarse ante la existencia no es algo que se aprende: es algo que se olvida».
Y pensar que aquí, ahora mismo, hay un senador de la República entusiasmadísimo con dos ideas: una, institucionalizar, con fines educativos, la Instrucción Militar Obligatoria; y otra, que la próxima Ley Orgánica Militar contenga un concepto básico de «guerra popular y prolongada» (algo así como aquel despliegue táctico del pueblo artiguista organizado en armas).
¡Mirá vos! No son preferencias filosóficas, pero si no te asombran es porque estás muerto y no te avisaron. *
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