Estrés causa más enfermedades de las que se creía: uruguayos arrasados por la depresión
El próximo simposio sobre la «epidemia del siglo XXI», el estrés, a cumplirse en junio próximo en Estados Unidos, contará con el aporte de científicos argentinos que vienen de confirmar la relación entre la afección y patologías consecuentes, fundamentalmente a nivel físico. Hasta ahora, los médicos sabían que ante cuadros de estrés, algunas enfermedades emergían o recrudecían su virulencia. Sin embargo el relacionamiento era algo intuitivo, no estudiado de forma empírica. Ahora, a través de la evidencia clínica y casuística de centenares de pacientes de toda condición, afectados indistintamente por el estrés, el equipo investigador afirma demostrar, e incluso identificar la proporción, en que los estresados sufren de algunas patologías. Por ejemplo, quienes están estresados sufren hasta tres veces más infartos que quienes no. Aunque ello parezca sabido, parece no serlo tanto que los herpes, aparecieron cuatro veces más frecuentemente entre pacientes estresados, con relación a otros que no lo estaban. Algo similar (y en proporción hasta de cinco a uno) ocurre entre los hombres con alopesia (pérdida de cabello) a joven edad. También son tres veces más los estresados con laringitis y faringitis recurrentes, que quienes padecen éstas últimas sin sufrir de estrés.
Los técnicos revelan también la tendencia general a que la afección se haga crónica, lo que implicaría según el mismo estudio un serio peligro para la salud a futuro de cualquiera sometido a estrés.
El informe surgió en Argentina, tras detectarse que en la capital federal solamente, el 50 por ciento de las consultas en centros asistenciales del Estado, respondía básicamente a cuadros con estrés.
Y en Uruguay, ¿qué?
El médico siquiatra Pedro Bustelo, dijo a LA REPUBLICA que el escenario descripto parece bastante similar al uruguayo, hasta donde sus investigaciones lo revelan. El especialista, que dirige la Fundación Cazabajones de Uruguay, explicó que «el estrés y la depresión van de la mano, es más, en Uruguay muchas veces se omite definir el estrés y se habla del bajón, de lo depresivo. Lo cierto es que el estrés genera depresión y viceversa».
En cuanto a las investigaciones llevadas adelante por los científicos argentinos, entendió que vienen a corroborar aspectos desde hace tiempo estudiados a fondo y cuya certidumbre es manejada también en el escenario nacional. «Quien está estresado, o deprimido, sus glándulas suprarrenales segregan más adrenalina, noradrenalina y cortisona, incluso de forma constante. Ahora bien, la cortisona, que muchos conocemos por su empleo como inmunodepresor, hace «bajar las defensas». Eso implica que la gente sufra más infecciones, que a determinada edad pueden incluso degenerar en afecciones oncológicas», agregó.
Acerca de las características más comunes a los estresados uruguayos, definió la situación más acuciante como el «estrés ambiental». En tal sentido detalló que la incertidumbre es el peor desencadenante del mal. «La incertidumbre por si mañana tendré trabajo, la incertidumbre por si podré pagar las cuentas, por el precio del petróleo, por los vencimientos, por las drogas y los hijos, incertidumbres constantes para las que no estamos estructurados genéricamente», reseñó.
Todo eso degenera en un estrés crónico para el que no estamos concebidos, sí lo estamos para el estrés agudo, algo con que nos dotó la naturaleza para no sucumbir.
Ejemplifica Bustelo que «en nuestros orígenes, cuando aparecía un león en medio de la tribu, todos corrían, se salvaban los rápidos, los viejos o algún niño eran devorados; una suerte de ley de supervivencia del más apto. Actualmente, el león es: las cuentas, el desempleo, la inflación, etc. etc. etc. y todos absolutamente estamos bajo las garras de esa serie de leones que es muy difícil evitar. El estrés crónico sobreviene, y su recuperación se ha hecho cada día más difícil».
En este último punto, entendió Bustelo que en Uruguay, frente a cuadros de estrés ambiental, los pacientes eran hasta hace poco años tratados con neuroprotectores, los que era posible suspender tras unos seis meses de tratamiento; reincidían en la afección unos pacientes cada cien. «Actualmente el nivel de recaída entre estresados a los que se suspende esta medicación al cabo de seis meses, se sitúa por encima del 40 por ciento, lo que prueba que el fenómeno además de extenderse, se está profundizando», concluyó. *
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