Los hermanos sean unidos
Creo que si al final hay un ganador, independientemente de a favor de quién se resuelva el conflicto, éste no puede ser otro que el oligofrénico de la Casa Blanca, cuya oligofrenia no le impide desplegar estrategias múltiples que sirvan a los fines del imperio. No soy el primero en decirlo; varios analistas y particularmente el periodista argentino Luis Bilbao, director de la revista venezolana América XXI que acaba de desembarcar en Uruguay, lo ha dicho con particular lucidez: después de la derrota sufrida por Bush el año pasado en la Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, a manos de Kirchner y Tabaré cuando éstos hicieron naufragar el proyecto ALCA, la estrategia del imperio apunta a meter cuñas en las grietas, por pequeñas que sean, que inevitablemente aparecen en la unidad latinoamericana que trabajosamente está forjándose.
No pretendo con esto afiliarme a la tesis demencial según la cual el imperialismo está detrás del conflicto por las plantas de celulosa. Reconozco que a veces me pongo un tanto caviloso, pero mi paranoia no llega al extremo de suponer que el poder imperial provocó el entredicho o que la CIA azuzó a los piqueteros entrerrianos; eso sí: no me caben dudas de que Bush, Rumsfeld, Dick Chenney & compañía deben de estar frotándose las manos viendo cómo el Mercosur se debilita.
La viejísima consigna divide et impera demuestra su inapelable vigencia. El conflicto absurdo que nos enfrenta con los argentinos –desatado y abonado por el fundamentalismo ecologista de ONG como Green Peace– cae como anillo al dedo para los propósitos imperiales. No olvidemos que Martín Fierro concluye su consejo diciendo que si los hermanos no se mantienen unidos, «los devoran los de ajuera».
Ahora bien, esto, que puede ser comprendido sin dificultad por cualquiera que esté medianamente informado, no parece serlo por los encargados de llevar a cabo la tarea unificadora en América Latina, esto es, los gobernantes. Una mezcla de miopía y ambiciones mezquinas se encarga de echar por la borda (o al menos, diferir) la concreción del sueño de la Patria Grande.
Recordemos que este conflicto por las plantas de celulosa, si bien ha adquirido dimensiones desmesuradas y ha trascendido fronteras, no es el primero que se plantea entre naciones del Mercosur. Primero fueron las bicicletas uruguayas que encontraron dificultades para ingresar a Argentina; después, las movilizaciones de cultivadores brasileños que impidieron la entrada de arroz uruguayo; sin olvidar las diferencias entre los dos colosos, diferencias aún no subsanadas.
Como se advierte, el panorama no es alentador, y cuando uno piensa en las expectativas creadas por la asunción de gobiernos progresistas en Montevideo, Brasilia y Buenos Aires, cuando parecía que el Mercosur se afianzaría definitivamente y las perspectivas de la segunda liberación parecían volver a dibujarse, cuando se piensa en esa gran ilusión, digo, y uno se da de bruces con la realidad actual, entonces un amargo sentimiento de frustración lo invade.
Volviendo al sabio consejo que Martín Fierro da a sus hijos con que comienza esta nota, reconozco que nadie puede dudar de su pertinencia. No obstante, hay circunstancias en que las apelaciones a la unidad de los hermanos a cualquier precio pueden resultar peligrosas; sobre todo, cuando en aras de esa unión fraterna el hermano débil debe resignar aspiraciones legítimas frente al hermano mayor.
Y resulta que, pa pior, tenemos no uno sino dos hermanos mayores que se disputan el liderazgo pero no vacilan en unirse (ahí sí) para cagar a uno de los menores.
Hay antecedentes históricos al respecto. Allá por los años sesenta del siglo XIX, la Confederación Argentina y el Imperio del Brasil (hoy republicano pero cuyos apetitos imperiales disfrazados de pretensiones más o menos legítimas de liderazgo no han sido saciados) la emprendieron contra el Paraguay de López, el país más próspero de Suramérica.
En aquel entonces, las dos superpotencias disfrazaron su cruzada imperialista mediante la participación uruguaya en la infamia. Merced a la actitud detestable de Flores (que no vaciló en pedir ayuda a Mitre y a Pedro para derrocar al legítimo gobierno uruguayo, ayuda que hubimos de pagar con nuestra participación en la alianza de los dos grandes, con lo que ésta se transformó en Triple Alianza), los dos colosos obtuvieron el apoyo uruguayo para lanzarse contra el pequeño país desarrollado para subdesarrollarlo definitivamente.
Han transcurrilo 140 años de la infamia y los colosos suramericanos parecen no estar dispuestos a tolerar la presencia próxima de un Estado que pretende crecer y desarrollarse. ¿Será cierto que la historia vuelve a repetirse, mi muñequita dulce y rubia?
Entonces, está muy bien todo lo de la unidad latinoamericana, la defensa del Mercosur y todo lo demás. Pero ¿por qué tenemos que ceder nosotros? ¿Tenemos que renunciar a que se instalen las plantas para salvar la unidad mercosuriana? ¿Para que no «nos devoren los de ajuera» debemos dejar que nos devoren los de adentro, es decir los hermanos mayores?
Para demostrar que son grandes, bien podrían tener un gesto de grandeza, digo yo. *
(*) Periodista
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