La crisis energética
El más grave talón de Aquiles táctico y estratégico de Uruguay es la crisis energética que, a su vez y para colmo, viene cabalgando sobre una crisis regional y otra mundial graves: no habrá a quién pedirle ayuda.
El petróleo liviano (el de más fácil extracción y menores costos) llega a la cima de su producción y por ende inicia en poco tiempo el declive de su disponibilidad. Y ese dato discutido a nivel planetario desata, por escasez prevista, una inicial «crisis por precio». El barril de petróleo valdrá cada vez más (a pesar de esporádicos descensos) hasta llegar en cierto momento a precios de tal índole que, como la espoleta de una granada, y además de guerras, activarán consecuencias de todo tipo incluso algunas inesperadas e inimaginables.
Alguien dijo que era imposible que el barril alcanzara los cien dólares por la sencilla razón de que, superando los setenta, la economía comenzaría a derrumbarse. Algo así como sostener que un enfermo puede llegar a tener noventa grados de fiebre: falso porque muere antes.
En estos días se ha pasado la barrera de los setenta dólares. Esto no quiere decir que seguirá en alza ni tampoco que no podrá retroceder.
Pero lo cierto es que más temprano que tarde la TENDENCIA producirá ese fenómeno sin retorno.
Entonces, matemática pura, otras fuentes de energía que ayer no eran «rentables» comenzarán a serlo. Alguien lo dijo: será más barato echar aceite comestible en el auto.
Basarse tanto en los hidrocarburos, como en forma suicida se hizo en nuestro país hasta ayer, pasa a ser un pésimo negocio, y un peligro, apenas el barril de petróleo supere ciertos valores.
No desarrollar a tiempo las fuentes de energía alternativas fue el erróneo producto de haber apostado pésimamente al petróleo y al gas (cuyo precio por otra parte irá creciendo al ritmo del barril de crudo).
No se pueden ni deben timbear de ese modo los intereses estratégicos de un país. Hay gravísimas responsabilidades políticas y técnicas en las desoladoras consecuencias de tan imprevisora y frívola actitud.
Bloquearon, y hasta aniquilaron activamente, las iniciativas y las voces que desde hace años indicaron que era necesario tomar medidas de ahorrro energético aún en el modo de construir las casas, desarrollar la energía eólica, el etanol, el biodisel, la de biomasa, el hidrógeno… ¡Aprovechar hasta la basura para producir energía!
Brasil hace veintitrés años que, teniendo petróleo, obligó por LEY a mezclar etanol en la nafta, fabrica motores y autos a ese efecto, los exporta, y desarrolló una agroindustria concomitante que entre otras cosas fijó población en el campo y subsidió el precio del azúcar. Hoy, gracias a ello, es punta tecnológica a nivel mundial en esa materia y es el primer exportador de etanol cuyo principal mercado es por ahora EEUU.
Como esas fuentes y tecnologías alternativas no eran «rentables» (tomando en cuenta el precio «barato» del petróleo pero «olvidando» lo que era muy fácil profetizar), como por lo tanto necesitaban subsidios, la burocracia dijo que NO. Y optó como siempre, por lo más fácil: seguir comprando petróleo y centrales térmicas dependientes de él.
Al subir el barril de petróleo a cierto nivel de precios, entonces sucede el «milagro» de que aquellas fuentes de energía comienzan a ser más baratas. No sólo ya no necesitan subsidios sino que dan ganancia. Liberan a los pueblos. Verdad de Perogrullo. Obviedad de escuela primaria.
Es por ello que, por ejemplo, ya comienza a ser más conveniente generar energía eléctrica en base a leña que a hidrocarburos.
La vieja y querida leña. La primera fuente de energía descubierta por el ser humano.
Y es por eso que hace ya mucho, enojando a ciertos «ambientalistas», afirmamos que en Uruguay vamos a tener que plantar muchos árboles. No sólo ni principalmente para la celulosa, el papel y los aserraderos sino para poder seguir teniendo la luz prendida.
Desde la primera crisis del petróleo a comienzos de la lejana década de los setenta una gran parte de la energía industrial uruguaya proviene de la leña. Y aquellos burgueses que «se pasaron» a ella no se movieron de dicha postura estratégica aun cuando los tentaron con el gas. La práctica y la historia les dio la razón. O son muy sabios o tienen unos ingenieros únicos en el país (tal vez el entonces ingeniero de UTE Jorge Manera que ya en la cárcel por otras cosas, en 1969, nos dijo esto a todos los allí alojados).
La leña les aportaba, además, un «valor agregado» vital: llueva o no llueva sobre las represas, venga o no venga el gas, suba o baje el petróleo, llegue o no llegue a nuestras costas, los eucaliptos plantados en sus propios campos (además eso) mostraron, muestran y todo parece indicar que seguirán mostrando la extraña propensión a ser campeones mundiales en velocidad de crecimiento: en siete u ocho años están prontos para el primer corte. No se trata sólo de la vitalidad de la tierra expresada en ellos, es también la del agua, la del aire y la del clima en este lugar de esta latitud del planeta.
Eramos ricos y no lo sabíamos. En realidad ese es nuestro principal defecto: no queremos creer que somos ricos. Preferimos ser pobres y, efectivamente, luego de mucho trabajo, lo hemos logrado.
Porque además, en la ecuación económica correspondiente, se deben agregar los «certificados de carbono»: el premio que los países contaminadores le pagan a los países que plantan árboles debido a que una hectárea de eucaliptos remueve de la atmósfera entre doscientas y quinientas toneladas de dióxido de carbono en un período de entre diez y veinte años.
El grave problema en el mundo no es la forestación sino la deforestación.
Se alega que ese árbol chupa mucha agua. En realidad es otro argumento de Perogrullo ya que todos los vegetales y animales consumimos cantidad de agua.
Cada uno de nosotros COME de dos mil a cinco mil litros de agua por día (BEBEMOS entre dos y dos litros y medio y GASTAMOS en otros menesteres entre cincuenta y doscientos litros por barba según nos bañemos o no).
Un quilo de trigo (no de harina), digamos dos «panes flauta», requiere de cuatrocientos a cuatro mil litros de agua (según sea el lugar y el método de cultivo) para llegar al molino. Hace unos años el mal promedio uruguayo era de unos tres mil quilos por hectárea y una buena cosecha andaba por los cinco mil. Saquemos la cuenta.
Pero un quilito de carne (digamos el asadito del Pepe) requiere unos diez mil litros de agua para llegar al frigorífico caminando, crudo, envuelto en cuero y mirando el horizonte con ojos bovinos. En realidad eso que llega mugiendo al corral es una laguna.
La cifra del agua que se traga un quilo de arroz para llegar al secadero es astronómica.
Perogrullo debe estar seguro de que cuando exportamos carne, queso, leche, arroz, soja y similares exportamos tajamares, esteros en los que la vista se pierde, cañadas, ríos y arroyos con tarariras, pajaritos y todo, lloviznando. Uruguay exporta garúas y chaparrones.
Japón, el mayor importador de granos, necesitaría más de treinta mil millones de metros cúbicos de agua de lluvia o de irrigación por año para producir lo que come importado.
Le vendemos agua a países que no la tienen. Y ellos nos venden el socavón de sus minas, el infierno de sus altos hornos, el material plástico del petróleo manufacturado en sus plantas petroquímicas… Dicho sea de paso: ¿qué pasará con esos sintéticos y en especial con las fibras que competían con nuestras ovejitas?
Si llegamos a entender eso tal vez podamos venderles tambiÃ
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