Uruguay vulnerable: crisis forrajera y crisis energética

Otra vez la sequía castiga

Con posterioridad a un verano de escasas lluvias, hoy tenemos instalada una sequía de grandes proporciones, en particular en el litoral norte. Se reitera un mal endémico en nuestro país, agudizado por un cambio climático mundial que nadie con sensatez toma a la ligera. Es hora de que nuestro país, fundamentalmente agrícola-ganadero, planifique respuestas que eviten o al menos mitiguen las consecuencias más graves. Porque la producción agropecuaria en una extensa zona está en serios aprietos: a la falta de agua, y como consecuencia directa de ella, se suma la carencia de forraje para el ganado. Muchos millones de cabezas se encuentran en peligro y las respuestas posibles no se pueden postergar. A través del Ministerio de Ganadería y Agricultura se planifica asistir a los productores afectados como ya se hizo el año pasado en circunstancias similares.

 

No sólo el campo padece

Pero la falta de agua no solamente afecta al agro. La carencia de lluvias desnuda la imprevisión energética en la que el país se encuentra hace un buen tiempo. El año pasado este gobierno, a días de haber asumido, tuvo que enfrentar su primera crisis en materia de energía. Desde hace ya bastante tiempo, el consumo energético nacional es superior a nuestra capacidad de generación. Desborda ampliamente la generación hidroeléctrica y también nuestra capacidad de generación térmica, la que tiene un costo muchísimo mayor (especialmente con la galopante alza del precio del crudo) lo que nos hace altamente dependientes de la energía que le compramos a nuestros vecinos.

Esta situación no nos ocasionó problemas mayores mientras Argentina tuvo suficiente disponibilidad para vendernos electricidad y gas. Pero el proceso de recuperación de su economía, la reindustrialización que impulsó el gobierno del Dr. Kirchner, y la falta de inversión en la materia de las empresas privadas concesionarias beneficiadas por las privatizaciones menemistas, hicieron que aquella disponibilidad dejara de ser tal, y el mercado interno pasara a consumir prácticamente toda la producción argentina. Seguimos importando 150 megavatios (MW) de un contrato de generación eléctrica con base en el gas natural que se prolonga hasta el año que viene, y también recibimos un aporte contingente (o no seguro, y más caro) de energía producida en la Argentina en base a fuel oil que debe comprar la propia UTE. Pero en una situación de sequía como la actual no podemos ampliar nuestra compra, porque Argentina no tiene excedentes. La situación conflictiva que vivimos crea complicaciones, pero aunque estuviéramos en un idilio diplomático, tampoco habría respuesta a nuestras necesidades.

La relación energética con Brasil también tiene sus límites. Nuestro vecino mayor tiene altibajos en materia de generación y existe la limitante dada por las líneas de transmisión. Nos llegan 70 MW directamente por Rivera, pero el resto del suministro viene por Argentina. Y las líneas de transmisión son como las carreteras: cuando aumenta el tránsito, se saturan y no dan abasto. El incesante aumento del consumo argentino de los últimos años implicó que sus líneas estén, cada día en mayor medida, ocupadas por fluido eléctrico para su propio consumo. Los 700 MW que venían de Brasil fueron reducidos en primera instancia a 500 y actualmente no superan los 250. No es de extrañar que se reduzcan aún más.

Con este panorama, y en una situación de crisis climática como la actual, en la cual generación hidroeléctrica del sistema del Río Negro es cero porque el agua de los embalses está siendo guardada como reserva básica para el pico de consumo que se verifica en el invierno, estamos pagando los platos rotos de la falta de una política energética del mediano y largo plazo durante los anteriores gobiernos.

 

La respuesta en el corto  y mediano plazo

La principal preocupación de este gobierno ha sido aumentar la autonomía del país, diversificando las fuentes y los tipos de energía disponibles. La energía constituye un talón de Aquiles de la civilización y una insuficiente disponibilidad conlleva enormes problemas productivos y de calidad de vida. Las crisis necesitan respuestas inmediatas. Se requiere de la conciencia colectiva para la disminución del consumo de un insumo que sólo se valora en su real importancia cuando escasea.

De no ocurrir lluvias significativas a la brevedad, se deberá volver   inevitablemente   a un plan de ahorro similar al vigente hasta hace unos meses. Si tomamos un día reciente de referencia, el 20 de abril, por ejemplo, la energía hidroeléctrica se limitó a 100 MW de Salto Grande, hubo que apelar, petróleo mediante, a unos 200 MW como producto de la generación térmica de la Central Batlle (aún no fue imprescindible encender La Tablada con sus 200 MW, y también sus altos costos), y el resto provino de Argentina (520 MW) y Brasil (320 MW). No se trata de un día anual promedio, pero en ese día, como en tantos, la generación propia fue minoritaria, lo cual viene a significar que somos extraordinariamente dependientes.

UTE avanza en la construcción de la central térmica de Puntas del Tigre, en el departamento de San José, que aportará 200 megavatios, y espera tenerla en funciones en la segunda mitad del año. A pesar del constante aumento del consumo, será la primera ampliación de nuestra capacidad de generación en los últimos 15 años y llevará el respaldo térmico a 580 MW. Con una respuesta que demandará un poco de tiempo y decisiones privadas UTE también realizó un llamado de un orden de 60 MW distribuidos en partes similares con base en generación eólica, biomasa y en pequeñas represas. En la coyuntura inmediata, poco más se puede hacer.

Para el mediano plazo, se han hecho sustanciales avances en la negociación con Brasil para la interconexión eléctrica directa. La resolución adecuada de este objetivo permitirá traer desde el sur brasileño y por el este de nuestro país, un importante volumen de flujo eléctrico, pero este proceso requiere trabajos e inversiones y podrá estar operativo no antes del 2008.

El gas natural fue una apuesta que hizo el Uruguay. Pero las limitaciones de la Argentina como proveedor y las amenazas de corte por desavenencias varias nos han obligado a buscar otra fuente, y la opción boliviana adquirió relevante valor estratégico. Porque Uruguay necesita otra central de respaldo térmico y la alternativa del gas tiene importantes ventajas, pero requiere certezas de suministro. El reciente viaje presidencial avanzó en los acuerdos entre Uruguay, Paraguay y Bolivia para la construcción de un gasoducto que conecte los tres países; en un MERCOSUR vacilante y poco respetuoso de sus miembros menores, revitalizar los acuerdos de Urupabol de los años 60 es una opción inteligente. Los estudios previos imprescindibles para el trazado de los 2.500 km de cañería y el tendido de éstos, hacen que sea una excelente solución pero en el mediano plazo.

 

El largo plazo tampoco espera

La tarea del gobierno consiste en diseñar y ejecutar soluciones para la coyuntura, pero también en proyectar y decidir en términos de 10, 20 o más años. La matriz energética del país debe cambiar y diversificarse. Hay decisiones que se toman ahora para que estén operativas dentro de una década pero hay que adoptarlas para que los problemas no se transformen en recurrentes, para romper la dependencia de los ciclos climáticos. Hay caminos que es preciso comenzar a recorrer aunque su trayecto sea largo. A partir de la disparada de los precios del petróleo y de los probados daños medioambientales provocados por la quema de combustibles fósiles, en to
do el mundo se está trabajando en la investigación de energías alternativas. No podemos ser la excepción, y desde el gobierno se están impulsando las energías renovables. El biodiesel, el alcohol carburante, la energía eólica y otras están llamadas a cumplir su papel en las próximas décadas; el país comenzó a trabajar para ello pero las urgencias cotidianas requieren de otras respuestas.

Por imprevisión, falta de visión estratégica y también por el fundamentalismo ideológico que esperó vanamente que los inversores privados resolvieran problemas que debía encarar el Estado, las inversiones necesarias para la independencia energética fueron postergadas, y ello originó otra emergencia nacional que deberá solucionar el gobierno progresista. Ahora ¡¡que llueva y mucho!! *

(*) Senador de la República

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