Alternar
Hay gente que durante toda su vida paga un alto interés por alternar. Es decir, por aparecer, por exhibirse, por decir algo y demostrar que está o sigue ahí, en el medio de la cosa (aunque nadie sepa exactamente qué es la cosa).
Un día, ya lejano, Enrique Serrano y Florencio Parravicini compartían un palco en un teatro cuando entró un tipo. No lo conocían. El tipo empezó a sonreírles, a guiñarles el ojo, a amagar una conversación. Al final le preguntaron qué hacía allí. Y el tipo respondió: -Ah, no se preocupen, sólo quiero alternar.
Entre nosotros, esta patología del comportamiento suelen padecerla algunos que, aunque sea por pura casualidad, han sido introducidos al mundo de la política. Y esa manía por alternar se les exaspera, se les desproporciona, se les embaraza aceleradamente, digamos, cuando, por la simple y dura razón de los hechos, deben salir de la escena central. O sea, del medio de la cosa.
A estas reflexiones me ha llevado una queja -la imagino en un tono con aroma a cierta majestuosidad rancia e indignada- que expuso Yamandú Fau en el seno del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado. Se trata del costo que tuvo el traslado en un avión de la Fuerza Aérea de los militares extraditados a Chile, costo por el cual el ex legislador, ex ministro y ex frenteamplista puso el grito en el cielo.
Supongo que quería alternar.
De todos modos, su queja no tuvo una respuesta demasiado estimulante: hasta Daniel García Pintos se permitió defender el traslado aludido por razones de «dignidad» de los extraditados.
Si nos atenemos a que, a veces, quienes quieren alternar terminan diciendo algo inocuo o hasta estupefactivo sería mejor, digo yo, que apelaran a una constructiva introspección o al mero silencio.
Que vendría a ser algo así como sustituir el verbo alternar por el pronominado internarse.
Para no terminar diciendo «lo principal es la salud», «el lechón de noche cae pesado», «la humedad es lo que tiene» o «siempre que llovió, paró». *
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