¡Corre Lola, corre!
Llegaba a su fin la primera semana de abril. Caía la tarde del viernes, y el tráfico se veía agitado y desordenado como de costumbre. El movimiento en La Unión era intenso. La crónica policial informa que a las siete y media, la moto en la que viajaba una pareja se estrelló contra un auto en la esquina de Avellaneda y Felipe Sanguinetti. El joven Mauro Núñez sufrió gravísimas lesiones, al tiempo que la muchacha que lo acompañaba se puso a llorar en el cordón de la vereda. Fue uno de los tantos accidentes, provocados por esa especie de «guerra civil» del tránsito, que a diario contribuyen al aumento de las estadísticas. De resultas de la colisión, una adolescente de 14 años que viajaba con su madre en el auto sufrió también severas lesiones y quedó desmayada. Cuando aún el vecindario y los propios involucrados en el accidente no alcanzaban a reaccionar, entró en escena un despreciable individuo de 26 años que puso manos a la obra para quitarle el calzado deportivo a la jovencita, quien no volvía en sí. La Policía pudo intervenir a tiempo deteniendo al delincuente y neutralizando las reacción de los indignados vecinos. La simple crónica sin embargo, no debería sorprendernos, cuando el calzado deportivo ha pasado a ocupar un sitial de privilegio en el «imaginario» de los malvivientes, pero que se traslada también a la idea o representación que en ambientes marginales y en el submundo de las relaciones sociales, se ha recreado en torno, no sólo al valor de cambio del «champión», sino a su simbología como puerta de acceso al mundo del consumo.
Par de «pipas» por mil pesos
Una calle de Montevideo, pasada la medianoche; el carrito detenido al lado del contenedor de basura adentro del cual una persona revisa las bolsas. Para salir, comienza por sacar afuera su pie izquierdo: calza unas flamantes zapatillas deportivas de marca. ¿Contradicción? Cuanto menos, sorpresa. Sabido es que personas que se desplazan en bicicleta son asaltadas y no sólo pierden el rodado sino el calzado. En algunos paseos públicos como El Prado, o el Parque Rodó, los padres envían a sus hijos adolescentes acompañados por perros, para disminuir el riesgo de que les roben el calzado. Algunos jóvenes han evitado ser despojados de sus zapatillas corriendo varias cuadras para alejarse de la patota que le exigía la entrega de las zapatillas. Las marcas más codiciadas son Nike y Puma, de las que un par de zapatillas deportivas puede llegar a costar $ 2.000, en cualquier tienda del ramo; el precio de los Reebok está en torno a los $ 1.500, y hasta marcas menores, como la brasileña Olimpikus, puede costar el par $ 1.200. Cada vez se roban más calzados deportivos, y cada vez corren más riesgo de ser asaltados quienes los utilizan. Las «pipas», así llamadas en la jerga de los «planchas» -en alusión al logo de Nike-, en el mundillo de la droga y en ambientes marginales, pueden llegar a cotizarse a mil pesos el par, en transacciones entre reducidores, compra venta de pasta base y otros, o como objeto de trueque entre ladrones. No es un drama exclusivamente uruguayo. El año pasado en Argentina, en la Matanza, fue violada una adolescente de 14 años; antes de huir, el delincuente le robó las zapatillas a la joven. También en la provincia de Buenos Aires, en febrero de este año, un joven de 21 años abusó sexualmente de un muchacho de 23 con discapacidad mental, tras lo cual le robó las zapatillas, en la localidad de Rawson, en el partido bonaerense de Chacabuco, 200 kilómetros al oeste de Capital Federal.
El mensaje de «Dios»
En la página web «Games foros», se abrió un foro con el tema, «Qué decirle a una mina cuando te la estás transando…» Allí, después de varias opiniones colgadas por los internautas, aparece el mensaje publicado por «Dios»: «No le digo nada, le pongo un revólver en la boca y le robo las zapatillas». Tal vez sea sólo una señal de los tiempos que corren; por lo pronto, a muchos les sorprende haber llegado al extremo de que alguien se acerque al lugar de un accidente, no para socorrer a la víctima sino para despojarla de su calzado deportivo, que además de poder aparecer al fin de semana siguiente en alguna de las populosas ferias montevideanas, puede pagar con ellos algunas «lágrimas», usarlos como trofeo -si le quedan bien-, o anunciar a los cuatro vientos entre sus relaciones y contactos: «tengo un par de ‘llantas’ a la venta». «Corre Lola corre» es una extraña película alemana, en la cual la protagonista -Lola-, tiene veinte minutos para idear una solución para salvar a su novio de los mafiosos. Es apenas la historia simple de una chica que corre, y de la que poco llegará a saberse; aunque sus corridas en diferentes tiempos nos sugieran que pequeñas alteraciones en el desarrollo de las cosas pueden tener enormes consecuencias. En esta primera década del siglo XXI, como producto de otras alteraciones, asistimos a la consecuencia tangible, del afán por hacerse de un par de zapatillas deportivas a cualquier costo y cueste lo que cueste *
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