Irak, el horror contemporáneo
A menudo saber no sirve de nada o sirve precisamente -mucho peor- para que nos acostumbremos a todo. Se han repetido tantas veces las razones por las que EEUU, después de arrancarle pedacitos y pedacitos durante una década -como un gato las plumas al pájaro que va a comerse- tuvo finalmente que imponer la «democracia directa» en Irak, que esas razones han acabado por parecernos, no increíbles, no, sino aceptables. Casi tres años después de la invasión y ocupación de Irak, a lo largo de toda la escala, desde las Naciones Unidas y los gobiernos de la UE hasta el común lector de periódicos, todos conscientes por igual de la situación, hemos aprendido a alinear con cierta comodidad, en dos estantes contiguos, el conocimiento del horror y la reproducción del horror mismo, de la misma manera y por los mismos motivos que aceptamos, tras estudiar en el colegio la ley de la gravedad, que las manzanas sigan cayendo del árbol y las piedras rodando pendiente abajo. ¿Sangre por petróleo? Es tan monstruoso y tan evidente, y se repite y sigue repitiéndose hasta tal punto la transacción una vez sabida, que no puede haber en ello ninguna consistencia moral, ninguna decisión humana, nada -desde luego- de lo que culparnos. El dolor de los otros es una incidencia meteorológica, nuestras ventajas pertenecen al ámbito de la geología. Las piedras ruedan pendiente abajo, los niños Irakuíes estallan en pedazos, los coches, las pizzas y los juguetes convergen en nuestros mercados. Real, en sentido fuerte, es sólo lo que podemos cambiar o lo que cambia de pronto nuestras vidas y la ocupación de Irak no pertenece a ninguna de las dos categorías. Real es sólo lo que nos «escandaliza», lo que -en su original acepción etimológica- nos hace caer al suelo; y la paradoja de la llamada «sociedad del conocimiento» es que en ella ningún «saber» puede ya derribarnos ni derribar la barbarie que lo sostiene. El sistema, por así decirlo, ha sobrevivido al conocimiento, ha superado su completa superficialidad, su total visibilidad, de manera que lo real, desatado de la conciencia, abarca únicamente ahora, como en la mentalidad primitiva, lo más empírico y lo más pequeño: el fútbol, la caña, el coche, la amenaza de los inmigrantes. Cuanto más sabemos, más nos angustia sólo lo que tocamos. Cuanto más amplio y exacto es nuestro conocimiento, más encerrados estamos en el diminuto corral de nuestras sensaciones. ¿Sangre por petróleo? Esa vileza mortal, y la fuerza en que se apoya, es la ley de la gravedad; lo verdaderamente inmoral, lo que verdaderamente nos escandaliza, es que se siga fumando en los lugares públicos.
‘¿Qué tiene qué pasar?’
«¿Qué tiene qué pasar, qué tiene que pasarnos para que los sufrimientos de los Irakuíes nos parezcan reales? ¿Habrá que esperar la próxima explosión en el metro, la penúltima bomba en la estación de Atocha? ¿No nos bastará con saber, con leer, con mirar, para caer fulminados por tierra con los habitantes de Bagdad y Ramadi? ¿Para que nos derribe el mismo misil que acabó con la vida de los 25 hijos, hijas, nietos y nietas de Rekad en una sola noche en Murgarladib mientras celebraban una boda? La Ocupación de Irak no ocupa nuestra mente porque ya nos la sabemos, como nos sabemos la tabla de multiplicar o la fecha de la Revolución francesa; pero no ocupa nuestra mente además porque lo que sabemos de ella reviste naturalmente -en los periódicos y en la televisión- una forma demasiado espectacular, demasiado impresionante y, por lo tanto, al mismo tiempo increíble y excepcional. Los propios crímenes de los EEUU, la publicidad bien dosificada de su barbarie, es la mejor garantía de su impunidad. Las denuncias de torturas en Abu Ghraib o de ejecuciones de heridos en Faluya, naturalizan la ocupación, asumen la presencia estadounidense en Irak como un hecho consumado: a las fuerzas ocupantes les pedimos solamente ya que traten «humanamente» a los Irakuíes (o, para decirlo con Donald Rumsfeld, como si fuesen humanos). Pero al mismo tiempo las denuncias de torturas en Abu Ghraib o de ejecuciones en Faluya, relámpagos aislados en un cielo sereno, ocultan la ocupación: hacen olvidar que estas prácticas criminales no son excesos ocasionales o irregularidades excepcionales sino la estructura rutinaria, cotidiana, disciplinada, bien planificada, del yugo estadounidense.
«Las crónicas sobrias, minuciosas y terriblemente humanas de Imán Jamás, anterior responsable del Observatorio de la Ocupación en Irak, los testimonios vivos y austeros que recoge de la gente común sobre el terreno impiden esta doble ilusión legitimadora. La Ocupación no es un hecho puntual, ocurrido en el pasado y al que han seguido algunos desgraciados abusos; al contrario, Irak tiene que ser re-ocupado todos los días, invadido sin interrupción, y esos «desgraciados abusos», por tanto, son el reglamento de la Ocupación, como las cámaras de gas eran el reglamento de los Lager. La presencia de EEUU constituye un delito de lesa humanidad, pero las consecuencias de esa presencia son su condición de reproducción y el delito mayor no puede consumarse sin la comisión de crímenes masivos cotidianos, instrumentos sistemáticos e inalienables del objetivo final. No es que haya Ocupación y violaciones de los Derechos Humanos; es que no hay Ocupación sin esas violaciones que Imán Jamás registra, con nombres y apellidos, en las aldeas y ciudades que visita con riesgo para su vida: bombardeos indiscriminados, degüellos a sangre fría, allanamientos nocturnos, asaltos armados a organizaciones de Derechos Humanos, destrucción de hospitales o instalaciones hidráulicas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas sistemáticas, violaciones y abusos sexuales, desapariciones, francotiradores que disparan a discreción e impiden a tiros que se auxilie a los heridos o se recoja a los muertos, humillaciones culturales, voladuras de casas, desplazamientos de población, saqueos, palizas, asedios medievales. Los soldados de EEUU viajan por Irak con la declaración de Derechos Humanos en la mano para que no se les olvide quebrantar ninguno; Imán Jamás viaja detrás de ellos, con el bolígrafo en la mano, para que no se nos olvide lo que han hecho (ni a quién se lo han hecho).
(*) Publicado en Rebelión
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