Chernobyl
Hemos escrito, a lo largo de varias columnas, acerca de nuestra peculiar crisis energética en medio de la regional y mundial (el petróleo llega en estos días a más de setenta dólares el barril). Y dijimos también que, lamentablemente, a lo largo y ancho del planeta, también acá, los ojos estratégicos vuelven forzosamente hacia la energía nuclear como la solución más económica al alcance de la mano. Así, efectivamente, se está poniendo «manos a la obra» en los principales países del mundo pero también en Brasil y Argentina.
En Uruguay existe una Ley que prohíbe la instalación de esas plantas de generación en su territorio y, lo que es más, el consumo de energía eléctrica de origen nuclear. Esto último es a esta altura de muy difícil por no decir imposible aplicación ya que dada nuestra interconexión eléctrica con Argentina y Brasil no hay modo de separar y discriminar de qué origen es el fluido eléctrico regional que nos llega aún cuando el contrato de compra sea con Centrales no atómicas.
El senador Sergio Abreu ha presentado un Proyecto de Ley derogatorio de la que venimos comentando.
Lo hace (así reza la Exposición de Motivos) para abrir espacio a un debate sobre el tema.
No hay duda: Uruguay necesita en forma urgente un gran debate sobre energía y, en él, es y será insoslayable el tema de la energía nuclear y nuestra actitud frente a ella.
Tampoco hay duda de que la pobreza y la energía son los dos temas estratégicos de mayor importancia en el mundo y por ende en Uruguay.
Conviene por lo tanto recordar, para una serena reflexión, que dentro de unos días, el 26 de abril se cumplirán exactamente veinte años de la gran catástrofe que conmoviendo al mundo en 1986 estalló en la Central Nuclear de Chernobyl en la actual Ucrania. Ese aciago día, en la Ucrania de la entonces Unión Soviética, unas doscientas toneladas de incandescente combustible nuclear del «Bloque Cuatro» de dicha Central quedaron expuestas a la superficie y junto con pedazos de la mampostería y desechos radioactivos fueron lanzadas al aire y diseminadas sobre Ucrania, Bielorrusia, Rusia y otros países de Europa Oriental y del Norte.
Esa radioactiva siembra, equivalente a la explosión de quinientas bombas como la de Hiroshima contaminó y condenó a muerte a centenares de miles de pobladores y puso en duda como ningún otro accidente (que los hubo) la idea de una fuente de energía «barata y segura».
Quedaron contaminados con isótopos de yodo-131, cesio-137 y estroncio-90 unos doscientos sesenta mil kilómetros cuadrados (Uruguay tiene ciento ochenta y siete mil más o menos), abarcando un veinte por ciento del territorio de Bielorrusia (Chernobyl está en la frontera de Ucrania con ese país), ocho por ciento del territorio de Ucrania y uno por ciento del de la Federación Rusa.
Sólo entre los ucranianos quedaron expuestos a la radiación unos tres millones quinientos mil habitantes de los que un millón y medio eran niños. Actualmente hay dos mil seiscientos kilómetros cuadrados de Ucrania, en torno a la Central, a sólo cien kilómetros de su capital (Kiev) declarados «Zona de Exclusión Total» porque no son aptos para la vida.
Hoy están registradas oficialmente más de dos millones y medio de personas (de las cuales seiscientas cincuenta mil eran niños) como afectadas concretamente por la catástrofe, recibiendo, por lo tanto, ayuda social del gobierno y la solidaridad de varios países del mundo. Alrededor de seis mil jóvenes murieron heroicamente en la suicida empresa de «liquidar» aquel espantoso «incendio». De no ser por ellos y su sacrificio las consecuencias hubieran sido peores todavía. La región ha sufrido un terrible daño ecológico y con él se han perdido y siguen perdiendo innumerables hallazgos arqueológicos de esa cuna de la civilización eslava e indoeuropea afectando así el Patrimonio de la Humanidad.
Difícilmente se encuentre en el planeta un pueblo que en los últimos años haya sufrido lo que sufrió el de Ucrania: fue campo de batalla en las dos más grandes carnicerías (me resisto a usar la palabra «guerra») que haya sido capaz de organizar la maldad de los seres humanos: la I y la II Guerras Mundiales. Sufrió con graves consecuencias también los efectos de la Guerra Civil posterior a la Revolución Rusa y por lo menos tres grandes hambrunas organizadas por Stalin sumando, en el total de tanta desgracia, arriba de veinte millones muertos. Sin olvidar la Guerra de Crimea. Es dable pensar: ¡Qué mal ubicada que está Ucrania!
Hoy mismo es un eslabón clave (y débil) de la cadena estratégica tironeada sorda pero ferozmente desde los Estados Unidos y desde China con varias otras Potencias alineadas en ambos extremos.
Muchos alegan que el desastre de Chernobyl fue decisivo para el derrumbe del Muro de Berlín. La diferencia estriba en que allá, en Berlín, prácticamente no costó nada.
Desde su independencia en 1991 y hasta el año 2004 Ucrania ha invertido en las tareas de «solucionar» las consecuencias de la «avería» de Chernobyl, la friolera de seis mil quinientos millones de dólares. En el año 2000 logró clausurar el «Bloque Tres» de la fatídica Central que aún funcionando producía el cinco por ciento de la energía eléctrica generada. Además, Ucrania cumplió con el Memorándum de Entendimiento firmado en 1995 entre ella y el G-7 y la Unión Europea para dotar de una nueva estructura de protección al reactor destruido ya que la antigua (llamada «el sarcófago») se estaba deteriorando peligrosamente. En ello fue necesario invertir unos mil millones de dólares. Esta tremenda desgracia, sirve hoy de inmenso laboratorio para la humanidad en el que se estudian las consecuencias de la radiación sobre los seres humanos y el ecosistema…
Los isótopos de cesio-137 y estroncio-90 tienen una vida promedio de treinta años afectando a los seres humanos en el tejido muscular y en los huesos. El yodo-131 tuvo efectos breves pero agudos y muy graves produciendo (en masa) cáncer de tiroides (especialmente en los niños), de huesos, leucemia y otros tipos de cáncer a millones de personas.
A la hora de su independencia en 1991, Ucrania era el tercer arsenal nuclear del mundo (luego de los EEUU y la Federación Rusa). A lo largo de estos años ha ido evacuando dichas armas atómicas, y destruyendo o entregando a otras potencias sus bombarderos estratégicos o sus cohetes portadores de ojivas nucleares. Ello le ha significado la desocupación de unos diez mil científicos. A veinte años de la catástrofe y en medio de una creciente crisis energética que entre otras cosas pone tanto en Argentina como en Brasil a las Centrales Nucleares (existentes como futuras) en el centro de la atención conviene, además de una gran minuto de silencio, instalar una profunda reflexión y, por supuesto, en nuestra Cancillería, borrar de un plumazo, lo mas enérgico posible, las trabas burocráticas que impiden a Uruguay profundizar una buena relación con Ucrania y enviarle a ese pueblo y demás pueblos afectados nuestra más honda solidaridad.
(He utilizado para esta columna material informativo proveniente del Parlamento argentino). *
(*) Senador de la República
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