200 MIL PERSONAS VISITARON EL PREDIO DE LA RURAL

La Criolla del Prado confirmó la vigencia de nuestras tradiciones

Hace diez años, desde estas mismas páginas de LA REPUBLICA alertábamos, al término de la 71ª Semana Criolla del Prado, acerca del riesgo real de que una fiesta de la tradición se convirtiese en una feria de variedades. La 81ª Edición del popular evento, denominado «Fiesta de la Patria Grande», llegó a su fin y se nos ocurre que se hace necesario realizar algunas puntualizaciones. Por suerte, en los últimos diez años muchos cosas han cambiado, y esta Criolla que acaba de cerrar sus tranqueras con un notorio éxito de público, de alguna manera es el resultado de esa acumulación. Uno de los elementos de mayor destaque a nuestro entender, es el respeto con el que la comuna capitalina viene encarando la organización de esta fiesta que es bueno aclarar, no es nada sencillo llevarla adelante, poniendo énfasis en todo momento en los aspectos sustanciales que hacen a la tradición, no como algo estático, almidonado o rancio, sino como una cosa viva, cambiante, vigente y en constante evolución; en definitiva, acompañando los tiempos, en conjunción dialéctica con la identidad nacional, tan llevada y traída en las últimas décadas. Soltando el fatídico lazo de superioridad con el que a veces los capitalinos ceñimos toda manifestación cultural  y así nos va, quedando más de una vez con la «cincha floja», mirándonos el ombligo  hemos podido avanzar en el largo y tortuoso camino de la integración, no sólo la de la Patria Grande, sino la propia, la que vibra y late saliendo de Las Piedras, o cruzando el puente de Santiago Vázquez, esa suma tan rica como variopinta de las innumerables patrias chicas de nuestro país profundo.

 

El reflejo de una cultura muy rica

El público que masivamente respondió a la convocatoria también tuvo la palabra: casi 200 mil personas visitaron la Criolla del Prado y la venta de entradas superó marcas recientes. Las propuestas artísticas han sido de las mejores que se pueden ofrecer en un mismo ámbito, en todo el Uruguay, a lo largo del año, y la amalgama lograda entre todos los polos de atracción que ofrecía el evento, fue casi perfecta. Existen sí, muchos motivos para sentirse satisfechos; fue una gran Semana Criolla, pero es bueno no perder de vista que se lleva más de una década trabajando para ello, para que estos frutos esperados sazonaran; no es casualidad, muchas de las observaciones críticas que desde lejanas ediciones veníamos marcando han sido tenidas en cuenta, pero es hora de reconocer en las gestiones de Sara López y Lilián Kechichián, grandes aciertos, determinantes para que todo el andamiaje de la Criolla funcione casi autónomamente y como un mecanismo de relojería. Hoy, los aportes de las sociedades folclóricas, nativistas y de aborígenes, entre otros, junto a la permanencia de las peñas, la presencia habitual de los artesanos con un elevado nivel de calidad, la novedosa muestra del vino inaugurada este año, continúan en la senda trazada desde hace un tiempo. Nadie está obligado a sentirse a gusto con las características dadas a la fiesta, mas la tradición no es imposición; participar de la Criolla del Prado no le otorga el carné de uruguayez a nadie, y quien no comulgue con esas formas culturales no será lanzado al destierro, pero la supervivencia de una comunidad con las especificidades de la nuestra, no es tarea fácil, mucho menos en un país como Uruguay. De un engendro cultural no podrá perpetuarse la identidad de un pueblo.

 

Una integración de verdad

La tradición dijo presente en el Prado 2006; pero también la integración campo-ciudad, la diversidad que hace  Â¡y cómo! , a nuestra identidad y a la suma de distintas vertientes folclóricas que proceden de la raíz de nuestra discutida y polémica nacionalidad. Existen muchas cosas para mejorar, pero se debe comenzar a trabajar en esa dirección. La IMM no puede contratar a todo aquel que llegue a sus oficinas un mes antes del evento diciendo que es payador; además se tendrán que aprovechar la experiencia y el conocimiento de quienes están en el metier para que las programaciones sean atractivas y conformen. Para que exista un contrapunto deben haber dos payadores; elegir esa dupla es tarea que requiere de una gran capacidad y percepción; hay que seguir mejorando la entrada y salida al ruedo para que el flujo de público no provoque aglomeraciones; se debe de mejorar la retribución a los protagonistas -un funcionario municipal a las órdenes de Inspección General durante los ocho días, puede cobrar entre 15 y 20 mil pesos de horas extras, mientras que un jinete sin premio apenas recibe $ 4.200-; para el próximo año debe nombrarse un sustituto para el Capataz de campo, «Yeyé» Delgado, y se tendrá que poner más énfasis en la promoción y difusión de las actividades matutinas que se llevan a cabo en el ruedo.

En el ámbito de la División que dirige Fernando González -incansable recorriendo el predio de la Rural durante toda la semana , surgirán evaluaciones, análisis y seguramente propuestas para el próximo año. Lo importante, lo trascendente ya está; se ha logrado organizar en los últimos años, un evento que es la más antigua y popular fiesta criolla de América del Sur, que es el fiel reflejo de nuestra cultura y tradición. Aquí no vienen ministros ni presidentes, como a la Expo Prado  sus sillas en el palco permanecen vacías durante las ocho jornadas , pero tampoco nadie los extraña. Ahora resta no olvidarnos durante los largos meses que nos separan del próximo abril, que existen jinetes y payadores a lo largo y a lo ancho de la vieja Banda Oriental, paisanos que viven y luchan, y no se entregan… «¿Entriegarme?… ¡Eso nunca!… / ¡No cambeo las viejas / tradiciones gloriosas / que son pulpa ‘e mi tierra! / Yo, un viejo luchador de barbas blancas, / enarbolo bien alto esta bandera…» *

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