Prohibido para nostálgicos

Las Pascuas del barrio

En el Lutecia del Gral. Flores repetían, como todos los años, una cinta muda titulada «La Pasión». Ya desde el miércoles, las mueblerías y boliches habían cerrado. Todo Goes y Villa Muñoz respiraban un aire de soledad y silencios apenas interrumpidos por vacíos tranvías que marchaban hacia la enorme estación goense. Como en todos los barrios de la Vieja Capital, la Semana Santa asordinaba los ruidos callejeros y los vecinos se dejaban llevar por ese otoñal aire de recogimiento. Desde unos días antes la Villa Muñoz había cerrado sus sastrerías y pequeñas fábricas de confecciones. Los inmigrantes judíos que se amontonaban y el Reus al Norte cumplían con sus ritos. La sinagoga de José L. Terra y Domingo Aramburú y la otra más pequeña de Inca y Cuñapirú congregaban a unos vecinos de negros sacos, barbas y solemnes sombreros. Luego en sus humildes hogares esos hebreos recordaban sus esencias. Comían hierbas amargas con vinagre y masticaban el «pan de la aflicción», hecho sin levadura, en memoria de sus ancestros. La Pascua de Resurrección de los vecinos cristianos era más pública y sus indicios se notaban más en las calles. Desde el Domingo de Ramos, las palmas y olivos inundaban a la barriada. Las abuelas al llegar de la parroquia de San Miguel, en Concepción Arenal, se quitaban sus negras mantillas y colocaban pequeñas ramitas, bendecidas por el cura, en el marco de las fotografías de los seres queridos que no estaban más. Desde el lunes al miércoles la gran familia del barrio que participaba en las misas de «reconciliación y perdón» afianzaba sus fraternos lazos. perdonaban a esa doña de lengua larga que daba a todos pa’tabaco y lo mismo con la bullanguera barra esquinera que con sus canterolas de troupes nos quitaba el sueño. Y también había perdón para el cruel vecino que sacando la cabeza por la ventana gritaba como loco los goles de Atilio García hiriendo a los rayados corazones.

El jueves en la Iglesia Maturana de Bella Vista, San Agustín en la Unión o en San Judas de La Comercial, todo era devoción. El viernes se cruzaban los vecinos que a puro patacón cumplían la tradición de recorrer siete iglesias. Por la Ciudad Vieja, es solemne viernes aquietaba la agitación de El Bajo. Hasta las francesitas, de Brecha y Yerbal, paraban sus actividades. La Matriz con sus puertas adornadas con palmas y la cripta del Señor de la Paciencia, de Cerrito y Solís, recibían a sus fieles.

El sábado todo era expectativa y los vecinos comían sus minúsculas empanadas de vigilia. El Domingo de Pascua despertaba en un mundo de aromas y sonidos. La parroquia de San José de la calle Porongos hacía tañir sus campanas y de los hornos de barro de las quintas de Libres surgían perfumes de tortas y roscas adornadas con caramelo. Un vecino alemán hacía huevos de chocolate y convidaba a la gente de la cuadra con esa deliciosa novelería. y como en la mayoría de las parroquias barriales en la Maturana las celebraciones terminaban con un picadito futbolero donde se entreveraba hasta el cura, de sotana remangada, para darle de punta a la guinda de cuero.

Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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