La 29ª Criolla de Parque Roosevelt es una fiesta que convoca a la integración
Nos vienen a la pluma y a puro galope toman el blanco papel, los versos de Atilano Ortega Sanz: «Algo de cóndor y león / tiene en su gesto, grabado, / como el que lleva apostado / alma, vida y corazón. / Símbolo es de una nación / de bizarría y lealtad… / Preguntan en la ciudad; / ¿Adónde va aquel paisano? / -¡Es el gaucho americano / en busca de libertad!» El humo envolvente de un fogón cercano nos devuelve a la realidad y la sombra generosa de los frondosos árboles del Parque Roosevelt que nos cubren con su gama de verdes y sus aromas penetrantes, nos resguarda del sol otoñal que entibia la espléndida tarde. Los campamentos de las numerosas familias que se acercan a la Criolla del Parque Roosevelt para pasar la semana -o algunos días-, nos recuerdan muchas cosas, nos hacen pensar y lo más importante, nos ubican en un tiempo preciso, un momento único, determinado… Mujeres y hombres con sus niños, familiares y amigos, en una estampa que no se puede pintar con los colores del costumbrismo fácil; jornadas auténticas de integración que trascienden el mero pasatiempo, o los elementales códigos de una temporada de camping. No están jugando a la tradición, ni ensayando ninguna postura accidental, que pueda ser interpretada como una aventura semanal de corto vuelo; están viviendo a su modo, están recreando sus vivencias cotidianas, el ritual finisecular de las familias de tierra adentro. No hacen más que lo que sienten, no se ponen a tono con ninguna moda, ni se suman a una nueva corriente masiva contagiosa que determina que estos grupos humanos se encuentren cada año en el Parque Roosevelt acampando, conviviendo durante una semana, para estar cerca de quienes desde otros lugares, cumpliendo otras tareas o en funciones de índole diversa, también hacen parte del amplio y rico friso que esta «movida» criolla conforma.
Desde el ruedo hasta los fogones
Muy cerca de las dos de la tarde comienzan las faenas en el ruedo denominado «León Ricardo Cladera», actividad que se lleva a cabo hasta el final de la tarde. Después de las 19 horas comienzan los espectáculos en el escenario mayor, pero en todo el Parque la actividad es febril desde las primeras horas de la mañana. Hasta bien entrada la noche se escuchan en cada rincón, en cada fogón, en cada rueda, los acordes de guitarras y acordeonas. Quienes visitan el Parque Roosevelt y pasan en ese entorno intransferible la semana toda, están allí por muchos motivos; están los que tienen familiares en el ruedo realizando toda clase de actividad, los que son público de ese mismo ruedo, los que trabajan, atienden o mantienen puestos y locales de venta, y están los que vienen a vivir la fiesta en su corazón mismo, para que nadie se la cuente. Y se multiplican los fogones, que aquí le dan color y sabor a unas tiras de tierno asado que no parece «del Pepe» , allí ponen a punto el agua pa’l mate, más acá cocinan el aromático puchero criollo que dará para todo el grupo. De otro lado llega envolvente y estimulante, el aroma de las deliciosas tortas fritas. Esos mismos fogones que son la lumbre de la noche, como fanales exclusivos que ponen el bajel de la tradición en la ruta del profundo espíritu de nuestra gente de campo; esos fogones de campamento que únicamente en el Roosevelt se pueden ver, que van dilatando sus rojos ardientes a medida que las horas nocturnas avanzan y las bordonas suenan de un rincón a otro, como melodías entrañables y rumorosas de fantástica leyenda… Esos fogones que luego de una noche de intemperie amanecen cubiertos de rocío, «húmedos de alborada» al decir de nuestro Fernán Silva Valdés, como aguardando su resurrección, para calentar las mañanitas otoñales cuando la paisanada, venida en su gran mayoría desde el Interior del país, se pone en movimiento para darle nuevamente a la jornada los colores de la patria gaucha, genuina, vibrante y criollaza… ¿En dónde? Y, ¿en dónde puede ser? En el Parque Roosevelt, sí señor, únicamente en la Criolla del Parque Roosevelt. *
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