A distancia
Está de moda. Y uno no es quién para oponerse al progreso, aunque puede exponer alguna inquietud. Patalear. Un poco, tampoco la pavada, porque la tecnología es imparable.
Hablo de la «educación a distancia».
Creada para el acceso al conocimiento de quienes, por razones geográficas, físicas o económicas lo tenían vedado, está coqueteando con la desproporción. Como si la idea original, constructiva y compartible, se hubiese embarazado inadvertidamente o engordado a paso militar.
Hay quien, entusiasmado por los alcances del satélite y de Internet, ha dicho: «Hoy es posible cursar un master en tecnología u otra disciplina, mientras se saborea un mate en las primeras horas de la mañana, cómodamente vestido con un pijama desde el seno del hogar».
¡A la pelotita!
¿Y por qué no desde el sofá, mientras pita un cigarrito recordando a María Julia y a Fernández Galeano? ¿O desde el baño, mientras cumple con necesidades fisiológicas que -salvo en casos de estreñimiento o próstata inflamada- no impiden la atención? ¿O desde la cama, mientras le palmotea la colita a aquella, a fin de ir preparando el ambiente para cuando cae el corte? (Bueno, esto último me hace dudar por lo del estímulo justo, mirá si se viene encima cuando aún no terminó la clase).
El individuo va cambiando su cultura y su destino. El problema es cuando no se da cuenta de que hay cosas que no debe destruir. El «contacto humano», por ejemplo, que permite una relación directa entre el educador y el educando, en condiciones de respeto y enriquecimiento mutuo y en un ámbito creado para ello.
Debe ser la senectud. Pero me preocupa que un día desaparezcan físicamente escuelas, liceos y universidades -con lo que desaparecería la conversación, las miradas, la sonrisa y el tocarse las manos, entre tanta otra riqueza- porque el conocimiento va a llegar a pedido, como una pizza, una aspiradora o un pote de baba de caracol.
No es esto en lugar de aquello. Hay futuro plausible si, con tecnología y sentido común, se aprende a sumar. *
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