El Mercosur es la mejor herramienta
La preferencia que expresa el ex presidente Batlle a favor de que su país dé prioridad a los acuerdos bilaterales de libre comercio por sobre el desarrollo del Mercosur, no resulta novedosa: así piensan las derechas en todos los países de nuestra región. El «libre comercio» que predican, es un nombre pudoroso para la apertura indiscriminada y la reproducción de un patrón de relacionamiento que nos condena a la condición de proveedores de alimentos y materias primas a los países centrales. Así se desprende del propio ejemplo –la exportación de carne a los Estados Unidos– que utiliza para su argumentación. Ese modelo no es nuevo; fue el que rigió incontestado en gran parte de la región durante la década del noventa y sus resultados desastrosos deberían ser suficientes para no entrar en polémicas insustanciales.
Lo nuevo que agrega Batlle, es el recurso a la descalificación del reciente acuerdo entre Brasil y Argentina que crea mecanismos temporarios de adaptación competitiva para el comercio entre los dos países. Puede reconocerse que este mecanismo no es el ideal en términos estratégicos, y que su superación por sistemas más eficaces de complementación productiva debe ser un programa ineludible para el Mercosur. Nuestro país se ha pronunciado reiteradamente en los últimos tiempos a favor de esa orientación. Ahora bien, el hecho es que el acuerdo permitió destrabar una relación entre ambos países, y que el fortalecimiento de ese vínculo es decisivo para el Mercosur y para todo el proceso de integración sudamericana. ¿Es eso lo que realmente molesta a Batlle?, ¿teme que la profundización de la alianza estratégica entre Brasil y Argentina despeje el camino para un proyecto de integración productiva, que sea alternativo y superador del exclusivo mercantilismo sobre las que se asentó el Mercosur en la década pasada? Es central la aclaración de que los mecanismos de adaptación competitiva no afectan en absoluto ningún interés económico de Uruguay ni de Paraguay.
Batlle insiste con sus descalificaciones hacia los «países grandes», expresión que utiliza para referirse a Brasil y Argentina. Está claro que el calificativo debería ser puesto en perspectiva, considerando que su volumen tiene importancia en el contexto comparativo del bloque al que pertenecemos. Sin embargo, omite el empleo de ese adjetivo cuando se refiere a Estados Unidos; parece considerar insalvables las asimetrías nacionales interiores al Mercosur y no dignas de una mínima consideración las que existen entre la región y la principal potencia mundial. Naturalmente, las diferencias de volumen no son obstáculos insuperables para el relacionamiento comercial entre los países. Tampoco son consideraciones de orden ideológico las que han impedido el avance de los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Se trata de otra cosa: nuestros países han optado por una concepción de la integración mundial diferente a la que aconsejaba el consenso de Washington y priorizan políticas que permitan e impulsen el desarrollo productivo y la diversificación y calificación de sus exportaciones.
El ex presidente sugiere que el Mercosur es una traba para el desarrollo de amplias y diversificadas relaciones comerciales con el mundo. Eso no es así: el Mercosur es la mejor herramienta para alcanzar acuerdos más favorables para nuestra región. De hecho, la variedad de áreas de negociación en las que estamos participando no tiene antecedentes: abarcan a todo el mundo y van alcanzando resultados concretos cuando las condiciones son razonables para ambas contrapartes. En este sentido ya cerramos acuerdos con Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela y estamos en vías de concretar un TLC con Israel, y tenemos abiertos 25 procesos de negociaciones con distintos países y regiones del mundo.
Es verdad que Uruguay tiene un acuerdo de libre comercio con México, para cuya firma pidió al Mercosur un «waiwer» que fue concedido en orden a que su gestión tenía antecedentes previos a la constitución del bloque. La pura y simple «libertad» para avanzar con acuerdos de esas características supondría la disolución práctica del Mercosur.
La argumentación del señor Batlle permite diferenciar lo que es una visión crítica del Mercosur que señala sus atrasos institucionales y su insuficiente sesgo productivo de otras ideas que apuntan más bien a diluirlo como «un escenario más» del relacionamiento externo de sus países miembro. Estos temas estan hoy en el centro de la agenda del bloque. Su descripción de los temas contenciosos pendientes entre Uruguay y Argentina es tendenciosa porque menciona las exenciones de impuestos a las provincias argentinas beneficiadas por el régimen de promoción industrial pero silencia la aplicación de «derechos específicos» por parte de Uruguay, que tiene análogos efectos.
En fin: una retórica nacionalista dirigida contra los «grandes países» funciona como coartada para un proyecto de relacionamiento con el mundo que tiene otras prioridades y está basado en otra interpretación del mundo. La discusión no es entre quienes quieren el aislamiento nacional o regional y quienes buscan la apertura al mundo, sino entre los que queremos integrarnos con la brújula del desarrollo productivo, la reindustrialización y el empleo como prioridades y los que creen que el simple intercambio comercial genera riqueza nacional y justicia social. *
(*) Especial para LA REPUBLICA. Subsecretario de Integración Económica, Americana y Mercosur Cancillería Argentina
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