Kirchner y Busti
A esta altura quiero decir cuando escribo las presentes líneas- ignoro en qué número de movimiento sorpresivo, hacia atrás, adelante o a los costados estará la negociación por las plantas de pasta de celulosa de Fray Bentos.
No importa demasiado. Conjeturo que aún puede, incluso, dar varias vueltas más en redondo.
Pero la actitud de las autoridades argentinas respecto de los piquetes en los puentes ya no es sólo hipócrita, cínica o cobarde, como se la ha calificado, con absoluta justicia, hasta ahora. La frutillita en la torta la acaba de poner, cuándo no, este buen señor Busti, supuesto gobernador de Entre Ríos, planteando un plebiscito para que la ciudadanía de su provincia decida ¡la conveniencia, no la legalidad, de los cortes de ruta!
Charles Pèguy dijo que el hombre inventa sistemas de hábitos, costumbres, sintiéndose tranquilo porque, para justificarse, se sienta sobre ellos.
Kirchner, por ejemplo, ha patentado un sistema circular interminable de «no hago lo que digo y no digo lo que hago». Y Busti, a mi juicio aventajándolo, ha inventando el sistema de la estupidez reciclada continua. Y yo pregunto: contra eso, ¿cómo se lucha o cómo uno se defiende?
¿Lo aventará al demonio la Corte de La Haya o una resolución de la OEA? No estoy seguro. Aunque, pensándolo bien, ¿qué mejor justificación tendríamos que un respaldo tan respetable y universal, augusto, venerable diría yo, para pegarle una patada en el culo a unos cuantos?
Pero sigamos buscando explicaciones.
Para mí Busti es un existencialista, al menos en el sentido definido por Kierkegaard: dice y hace cosas fantásticas para seres fantásticos y no advierte la realidad. Y el otro, el marido de Cristina, es como una hormiga después del letargo invernal: necesita estar horas observando el sol para que entre en funcionamiento su aparato calculador de la marcha y dé la orden de «dar la vuelta».
Y mire, lector, creo que éste es todo un aporte. Una explicación compasiva y profunda, diplomáticamente respetuosa. *
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