Filósofo zombie
A Bertrand Russell figura clave del pensamiento moderno a quien recurro en reiteración real- fue llamado «el filósofo de todas las filosofías». Cuando lo recordé, una duda lacerante taladró lo que queda de mi envejecido cerebro.
¿Entre todas esas filosofías el buen Bertrand habrá incluido la que practica (¿y enseña?) el hincha de Peñarol que, según la hora del día, dicta clases en severa postura académica o se convierte en zombie amenazante en la tribuna Amsterdam? Si bien Russell expuso una clara voluntad de «pensarlo todo», prefiero creer -para no convencerme ahora de que he admirado a un tipo que se olvidó de advertirle al mundo un extremo demencial al que puede llegar la filosofía- que ni su brillante inteligencia pudo intuir que iba a aparecer esta «escuela de los zombies».
Confieso que la cuestión me tiene inquieto como una diarrea. Ante mí se alza una catarata de interrogantes conmovedoras: ¿cómo se puede combinar la enseñanza del positivismo lógico y una puteada al árbitro con la piel erizada de ira? ¿Cómo se relaciona la explicación de la validez de la inferencia con agarrar de los pelos a un congénere y arrastrarlo por la tribuna? ¿Cómo es posible describir con serenidad las premisas epistemológicas y, poco rato después, babear con los ojos salidos de las órbitas a la búsqueda de un pedazo de la anatomía de un hincha rival?
Me supera el desafío de las respuestas. Quizás todo esté resumido en las contradicciones más profundas de la condición humana (lo que no me tranquiliza en absoluto). El propio Russell sufría por no ser tan reconocido como Einstein y más de una vez dijo que debió dedicarse a la física en lugar de la lógica simbólica, que «no llevaba a ninguna parte». ¿Y si el profesor de filosofía de marras quiere ser, nomás, un zombie y aún no logró desprenderse de su personalidad aparente?
De todos modos, me queda una curiosidad. Bertrand Russell, que llamó pedante a Aristóteles, perverso a Platón y sinvergüenza a Bergson, ¿cómo habría llamado al Gordo Leo? *
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