ENTRE PIPAS, PIEDRAS MAGICAS Y LOS FUEGOS DEL AMOR

Casamiento al estilo guaraní en el Uruguay

Claro que el entorno playero que tuvo la ceremonia provino solamente, supongo, del hecho de que el novio es vecino de Playa Verde, departamento de Maldonado. Es así que el arribo de los contrayentes a la playa se produjo en una chalana que había salido de la casa del conocido pescador, Juan («Pato») Meirana, a un par de cuadras de allí; el centenar y pico de personas, entre familiares, amigos y curiosos que los esperábamos, debíamos seguir al pie de la letra las instrucciones del oficiante al modo guaranítico, lo que sería el «sacerdote» para los católicos, quien en su anterior vida occidental y cristiana se llamaba Milton Casales. Ignoro si cuando se retiró, hace un par de años, a vivir en forma natural en la campaña y al modo guaraní, cambió también su nombre.

Ambos novios de blanco y descalzos  ellos obligados para bajar del bote  Milton puede ser que por exigencias rituales, debieron caminar unos metros para tomar su lugar en el escenario que se había montado al centro, y en el medio de un círculo de piedras que rodeaba un fuego. Separado de este primer círculo por unos cinco metros, había otro círculo también formado con piedras, pero ya muchísimo más grande y en torno al cual nos ubicábamos los espectadores. El ceremonial fue de pipa y piedras. La pipa tenía una boquilla, en madera dura, que medía por lo menos medio metro, y en su extremo estaba cargada con una mezcla de tabaco, cosechado por el mismo oficiante, y un vegetal criollo de cuyo nombre no me acuerdo. Prendida la pipa, el oficiante comenzó a echar humo sobre los novios, dio varias vueltas en derredor del fuego, siempre echando humo, y luego de otras acciones con una pluma y un puñado de barro, nos hizo tomar a todos los concurrentes las piedras del círculo para luego, aparentemente ya cargadas de un contenido mágico, arrojarlas al mar.

Sí, el susto que se pegaron las gaviotas fue grande. Y la bandada revoloteó entre nosotros y el sol que se ponía en el horizonte. Del fuego central Milton tomó una calderita que allí estaba y cebó un mate con yerba y marcela, con el que convidó a la pareja.

Cuando regresamos de la playa, junto a un novio que había hecho esfuerzos para no sonreírse de los conjuros extraños, alguien reflexionó, creo que acertadamente, que era mucho más nuestro y más nacional el mate y el tabaco que el incienso y la mirra que por centenares de años usó la Iglesia Católica en sus ceremoniales. *

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