El ombudsman
Los candidatos a ombudsman viven una paradoja.
Por un lado, como el nombramiento parece inminente y se sabe qué salario cobrará y dónde estará su oficina, más de uno se ha probado el traje y pasó a ver el futuro escritorio.
Por otro lado, sufren como beduinos en Groenlandia. El experimentado Guillermo Stirling, la combativa Matilde Rodríguez, el deportivo Mortimer Valdez, la dulce Teresita González, la devota Susana Andrade y el fundamentalista Omar Freire también saben que está lejos de agotarse el debate acerca de qué hará realmente el defensor de los vecinos. ¿Representar a los contribuyentes ante excesos del Estado y asesorar a la Intendencia y a la Junta antes de que tomen sus decisiones? ¿O, como señaló la edila frenteamplista Susana Pereira, respetar además los espacios ya logrados por los vecinos a través de la descentralización? Expresado con sencillez: ¿tendrá un poder fiscal específico o deberá compartir espacio con algunas de las formas que han ido adquiriendo los colectivos barriales?
Conjeturo que la carreta está delante de los bueyes. Se ha definido sueldos, se ha elegido locaciones y se va hacia la inexorable selección del candidato. En lo otro la sustancia, digamos- hay en la Junta quienes tienen tantas dudas que se parecen a aquel que se metió en la heladera a ver si la luz se apagaba al cerrar la puerta.
Mi temor es que tales dubitaciones (por no decir tira y aflojes políticos) se extiendan más allá de la designación y puesta en funciones del ombudsman. Porque entonces se correrá el riesgo de que éste sea la representación humana del ciempiés de la fábula de Meyrinck.
El ciempiés marcha coordinando maravillosamente el movimiento de sus cincuenta pies derechos y sus cincuenta izquierdos. De pronto, un sapo maligno le dice: «Venerable animal, ¿cómo te las arreglas para levantar siempre el pie izquierdo treinta y siete cuando pones en el suelo el pie derecho treinta y ocho?». Y el ciempiés queda inmovilizado como si hubiese echado raíces y no da un paso más. *
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