La columna amarilla (Tercera época)

Uruguay

El sábado pasado, de forma inesperada, advertí al menos una de las razones por las cuales vale la pena vivir aquí y por qué, pese a las calamidades que se pueda acumular para edificar la desesperanza, este país merece un lugar en el mundo.

Escuchaba radio Clarín cuando surgió la voz de Gustavo Guichón recitando, con fondo de guitarras, un poema de Abel Soria sobre los boliches. Debo haber andado muy desorientado estos últimos tiempos para que, siendo como soy amigo de Abel, jamás lo haya escuchado antes.

Emotiva y descarnada, imaginativa y realista, esa lírica y tierna pintura no es sólo la obra de un gran poeta popular -categoría donde caben tanto Falco como Gagliardi, Ferreiro como Carriego- sino un acto de fe: la fe que un hombre sensible, observador minucioso y memorista en un sentido pedagógico pone para preservar lo que, desde lo más profundo, nos explica y nos justifica.

Abel llegó a San José muy joven desde su Cerrillos natal, portando gastadas bombachas camperas y alpargatas flecudas. Leyó, estudió y creció en tierra maragata, donde se quedó para siempre, pero traía en los genes eso que hace grande al hombre más allá de la humildad de su cuna y hasta del hambre y la tristeza de su niñez.

Desde entonces, ha escrito mucho y bueno. Pero con este poema logró otra cosa, al menos en mí, que respeto a la política pero desconfío de ella, que me desagrada el poder de cualquier índole y que había empezado a olvidar eso que alguna vez nos hizo mejores, sepultado en este hoy egoísta, frívolo y lleno de avaricia. Yo recibí la luz de la revelación; fue gracias a la serenidad y calidez de quien, conociendo el sentido de su vida, nos llama a reconocer lo que todavía tenemos dentro.

Mientras un poeta ande por ahí, ojos y alma vivos, rescatando de íntimos rincones imágenes de solidaridad, tolerancia y amor, de ese amor que emerge también de la desesperación o la sordidez, este país habrá de salvarse.

Volverá a ser, porque en realidad no ha muerto. No todavía.

Gracias, hermano. *

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