LA COLUMNA AMARILLA

Ponete, hermano

Hubo una información reciente que pasó casi inadvertida y, como se trata de algo importante, me propongo repetirla para hacerle justicia.

La Comisión de Constitución y Legislación de la Cámara de Senadores, recogiendo una iniciativa de 1998 del entonces diputado Leonardo Nicolini, aprobó por unanimidad el proyecto de ley sobre deudores alimentarios. Se trata de la inscripción en el Registro Nacional de Actos Personales que puede dejarte sin tarjetas, créditos ni nuevas cuentas bancarias y con un agujero negro en el clearing de todos quienes, estando obligados judicialmente, no cumplen con la pensión alimenticia de menores.

Este incumplimiento, mayoritariamente masculino (obvio en una sociedad que, al menos legal y administrativamente, es un patriarcado), se había convertido en una graciosa gimnasia de la impunidad por parte de ese tipo de machos que creen que se pueden pasar por las entretelas cualquier orden que moleste su libertad, sus horas de sueño, su afición al ocio o, (¡sacá la mano, hija de(sum)!), su bolsillo. Ayudaron a crear y criar hijos, un buen día se fueron al carajo (no entro en la cuestión de los por qué) y a los chiquilines que los parta un rayo.

 

Así no, locos

Conozco algunos resquicios por donde, en el pasado, estos irresponsables han buscado escape. El principal ha sido siempre alguna forma de ajenidad («la culpa no es mía»). Me recuerda aquella anécdota que contó Huxley sobre la división política del Líbano basada en credos religiosos. Debido a la deforestación, había que controlar a las cabras; un obispo maronita se reúne con el ministro de Agricultura: «Su Excelencia, nos va muy bien con las cabras en las montañas, pero lamento informarle que las cabras ortodoxas siguen haciendo estragos».

Y ahora, como toda regla admite su excepción, espero que nadie recurra a emular cierta peripecia de Raúl González Tuñón, gran poeta y gran escabiador. Una noche llegó al boliche, confundido: «Che, ¿anoche yo tenía plata?». Un amigo le dice que sí. «¿Y qué hice?», vuelve a preguntar. Y la respuesta lo sienta de culo: «La regalaste». *

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