LA COLUMNA AMARILLA

Asado del Pepe

Llegó un momento, dicen que por la evolución de los mercados, entelequia que explica incluso la continuidad de Figueredo, en que el clásico asado pasó a ser un producto imaginario.

El precio trepó de tal modo que uno, que algo ha leído, empezó a recordar con frecuencia aquella anécdota del poeta Raúl González Tuñón cuando se paraba frente a la virgencita del teatro Cervantes y le pedía que rogara por él, porque nunca había tenido un smoking. Bueno, lo confieso: yo, más de una vez, miré hacia la gruta de la Santa Rosa de Lima, allá en El Fortín, adonde voy seguido, dudando –es que sigo siendo agnóstico– si orar porque el asado bajara unos pesitos y cayera, colorado y carnoso, en mi parrilla.

Hasta que apareció el Pepe.

Ciertamente, tuvo la mejor intención.

La macana fue que, al margen del nombre de «asado del Pepe», que quedó institucionalizado, la vieja y añorada presa de los carnívoros orientales se dividió en dos: una parte, la abaratada, fue falda, puchero o puro hueso; la otra, la que siguió haciendo que la boca de todos babeara, no bajó de precio ni el día del carnicero y si lo hizo fue por quince segundos.

Al final, cada cual se fue ajustando a la realidad como pudo. O pagó un precio exagerado o comió lo que en realidad no quería. Y por un tiempo nos ocupamos menos de este tema que del megáfono de Garisto.

Hasta que unos pícaros abastecedores, usando el escaso ingenio y la credulidad de algunos comunicadores televisivos parados delante de vitrinas con carne amontonada sin cédula de identidad, crearon la reaparición, cual telenovela del malogrado Migré, del asado del Pepe a 36 pesos.

Yo, Pepe, y le pido perdón, paso. No me van a meter otra vez el mismo perro.

Para admitirlo tendría que iluminarme el humor que destilaba a raudales aquel otro poeta argentino, Rojas Paz, quien en un restorán pidió osobuco con arroz. Cuando vio lo que le trajeron le dijo al mozo muy sereno, resignado: «Está bien, ahora vaya y tráigamelo de vuelta, pero con otro nombre». *

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