LA COLUMNA AMARILLA

De todo te olvidas

De todo te olvidas/ cabeza de novia, reza el tango clásico.

Algo así le pasa a la llamada «gente de fútbol»  dirigentes, técnicos, jugadores y periodistas- que, enfrentados al callejón aparentemente sin salida en que la violencia ha colocado al espectáculo profesional, olvida con desaprensión de loca sublime su propia responsabilidad.

Con ese mismo gesto desaprensivo, y hasta un ademán indignado que a unos cuantos cae como saco grande, están mirando al costado y señalando culpas ajenas: la ambigüedad de algunos magistrados al interpretar la ley, la pobreza y la marginación mezcladas con alcohol y pasta base y hasta la incapacidad preventiva de una Policía a la que, de todos modos, si reprime, se la condena.

Pero, salvo honrosas excepciones, no miran hacia adentro.

Los dirigentes no asumen que son quienes han ido creando al monstruo no sólo nombrando «becarios» o regalando entradas, sino defendiendo a los anormales cuando les conviene, contratándolos como mano de obra desocupada cuando no alcanza la tropa propia y haciendo gárgaras durante décadas, escupiendo luego como Dios manda, con hipocresía barata, cuando ocurre una tragedia.

Los técnicos y los jugadores, parapetados tras una suerte de inimputabilidad causal, no asumen que muchas de sus actitudes y dichos terminan siendo el alimento que las bestias descontroladas necesitan para la desproporción final.

Y los periodistas, concentrados en renovar sus discursos cual contorsionistas intelectuales, no asumen que su dialéctica perversa edificada por años  invocaciones a la garra, a «hacer la nuestra», al coraje del macho y a la honra de la viveza criolla  sostenida por una explosión adjetival suficiente como para lanzar a los tarados a la locura con una sonrisa babeante en el rostro, es parte esencial de la gran macana.

Así no se puede, gente del fútbol.

Parecen aquel gaucho que tenía un perro que daba vueltas y vueltas en redondo. Un día un vecino le dice: «Cuantito se descuide, ese perro le va a gastar el campo». Y el gaucho contesta: «No se preocupe, que abajo de ése tengo otro». *

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