Atenerse a los resultados
El comienzo de las obras de la planta procesadora de pasta de celulosa de la empresa Botnia en Fray Bentos alborotó los ánimos entrerrianos. Las protestas argentinas se corporizaron en piquetes estables que cortaron dos de los tres puentes sobre el río Uruguay. Estos cortes significaron en la práctica un bloqueo económico para nuestra economía, causando graves perjuicios al movimiento de mercaderías y sobre todo de turistas en plena temporada. Dejamos a criterio del lector definir la paternidad del bloqueo, pero la innegable responsabilidad del gobierno del vecino país, ya sea por acción, al patrocinar las medidas, o por omisión, al permitirlas, han posibilitado al Uruguay presentar el reclamo correspondiente ante el Mercosur, por tratarse de una violación flagrante del acuerdo, que en su artículo 1° establece la libre circulación de bienes y personas entre los países socios.
No obstante ello, Uruguay, con prudencia, optó por combinar la firmeza con la flexibilidad: firmeza que no admitió ni admite duda alguna respecto a que las plantas se harán, en el lugar determinado y con las características técnicas previstas en el proyecto original, y en cuanto a que no se negociará con puentes cortados. Y flexibilidad, buscando ámbitos de diálogo para la resolución de la controversia directamente, sin apelar mecánicamente a tribunales donde, por asistirle la razón, lleva todas las de ganar, pero también en los cuales también se expone absurdamente, como en la Corte de La Haya, a eventuales medidas de no innovar que paralicen durante años la inversión, hasta que el tribunal se expida y determine que ganamos el diferendo. Tenemos la razón e hicimos las cosas bien pero ningún profesional ignora los flancos heredados.
Unanimidades frágiles
La posición del gobierno había despertado la unanimidad en el arco político nacional. Todos los partidos compartieron su decidido apoyo a la instalación de las industrias, y también que se buscaran acuerdos sin caer en el litigio. Pero los tiempos se extendieron, y la situación en Argentina fue complicándose, ya que los reclamos de vecinos preocupados por la eventual contaminación, que inicialmente demandaban información y garantías sobre los planes de control y mitigación de impactos, fueron sustituyéndose por posiciones ultra radicales, que pintaban las plantas como un futuro Chernobyl, y que no admitían otra solución que la prohibición a su instalación, y nada les importaban informes de impacto ambiental, legislación nacional o tratados internacionales. Paralelamente, los daños y perjuicios a los distintos sectores de nuestra sociedad también comenzaron a aflorar, por lo que nuestro Presidente, en diálogo directo con su similar argentino en Santiago de Chile, aceptó realizar un llamado conjunto para una liquidación de los cortes, previa a la detención de las obras por un máximo de 90 días, a fin de crear un clima en el que, sin presiones, los gobiernos pudieran buscar un acuerdo razonable.
Esta inflexión de la posición, dotándola de mayor flexibilidad, a pesar de que no modifica en nada los elementos básicos en juego, y compromete directamente al Presidente argentino, bastó para evidenciar la fragilidad de aquella unanimidad. Inmediatamente algunos actores políticos, seguramente molestos en la posición de apoyo al gobierno, acusaron al Presidente de renunciar a la soberanía (en algunos discursos patéticos se habló de «traición») y ya de paso reclamaron la renuncia del Ministro de Relaciones Exteriores, cosa por demás «oportuna y profesional» en medio de semejante conflicto. Posiblemente, si Tabaré no se hubiera contactado con Kirchner en Chile, mostrarían la misma virulencia en las críticas por haber dejado pasar la oportunidad. ¿Acaso no decían una y otra vez que esto se arreglaba de presidente a presidente? La ocasión fue propicia para que los enemigos permanentes del Mercosur aprovecharan para argumentar a favor de la ruptura, precisamente cuando podemos depender del pronunciamiento de sus tribunales y cuando hemos logrado en la gira un muy importante apoyo en la región!!! Esta postura tiene patas muy cortas, en primer lugar por la falta de credenciales para defender la soberanía por parte de ciertos políticos que se han caracterizado a lo largo de toda su vida por el más restallante entreguismo; en segundo lugar porque todos los ex cancilleres de los dos partidos tradicionales opinan que era necesaria una flexibilización, y el diálogo desde posturas de firmeza; en tercer lugar, porque esta movida se combinó con un despliegue diplomático en cinco países de América del Sur dirigida a fortalecer la postura de Uruguay, amén de buscar la definición de temas estratégicos como el trazado de los gasoductos y del eje vial, o el vínculo de Bolivia con la hidrovía y los puertos uruguayos, o el comercio con Brasil-; y en cuarto lugar, porque otro gallo cantará el día en que este conflicto termine bien para Uruguay. Es de justicia señalar que no todos los políticos de los partidos tradicionales actuaron con la ligereza mayoritaria y calificados voceros fueron más cautelosos y razonables al emitir sus juicios. También que la previa información no siempre es posible: antes debilitó, por ejemplo, la apelación a la OEA, porque el documento fue publicado en un diario uruguayo antes de ser entregado y no precisamente por responsabilidad del gobierno o del partido gobernante.
La movida presidencial
A nadie escapa la asimetría de los contendores en este litigio. Proseguir por el camino del conflicto internacional, aún seguros de que la razón está de nuestro lado, implica perjuicios enormes para el Uruguay. Eso no implica admitir cualquier cosa que nuestros vecinos pretendan imponer, pero es sabio cortar la escalada. Con esta inflexión, el Presidente Vázquez, al admitir la posibilidad de suspensión de las obras por decisión de las empresas coloca al Presidente Kirchner enfrentando a los cortes de rutas. Ãstos se han generalizado en Argentina desde la crisis del 2001, y lo que allí pase no es cosa nuestra. Pero el gobierno argentino debe asumir su condición de tal y dar la respuesta adecuada para que la protesta ciudadana no lo convierta en transgresor de los acuerdos regionales y del derecho internacional.
Con un objetivo inmediato, el levantamiento de los cortes y otro mediato, la instalación de las papeleras, Tabaré dio un paso para conseguir el primero sin poner en riesgo el segundo. ¿Qué otorgó a cambio? Tiempo. Una pausa breve en una obra de las importantes dimensiones de la de Botnia es fácilmente recuperable; y la de Ence está en las etapas previas. El Presidente, aceptando realizar la exhortación de detención de las obras, lejos de actuar mal y ceder ante la presión del más grande, demostró cautela, firmeza y flexibilidad. Cautela porque la espiral del conflicto, una vez instalada, puede llegar a límites insospechados. Firmeza porque no concedió nada de lo verdaderamente importante y supeditó la negociación al levantamiento de los cortes. Y también flexibilidad táctica, porque puso al gobierno argentino de su lado en el reclamo del levantamiento de los cortes.
Argentina tiene la palabra
El gobierno uruguayo tiene la convicción de que en una mesa de negociación se llegará a acuerdos, porque en materia de monitoreo y control no es necesario que los argentinos nos impongan cosa alguna. Para acceder a una mesa de negociación es imprescindible restablecer sin condiciones la libre circulación. Ahora la iniciativa y la responsabilidad de encauzar el problema a la vía de la negociación la tiene la República Argentina. Si su gobierno no logra resultados aceptables Uruguay no tendrá más remedio que recur
rir a los tribunales internacionales. El Protocolo de Olivos establece los procedimientos en el Mercosur para la resolución de controversias. Y siempre se puede ir más lejos si las cosas adquieren un cariz aún más dramático, incluida la apelación al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tal vez en esas instancias no deseables el sistema político vuelva a actuar con sentido nacional y no partidario. La ciudadanía evaluará a la luz de los resultados finales. *
(*) Senador de la República
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