Problemas de concordancia, o incorcondancia lógica

Fumar o no fumar: ese es el problema

El tiempo ya no es Cronos y menos está sujeto a las fechas. Pero lo cierto es que el siglo XX no se concibe sin alguien que no fume.

¿Se puede recordar una foto de Chaplin, Clark Gable, Sartre… en que no se muestre un cigarrillo? ¿Es posible recordar a Greta Garbo o Franklin Roosevelt sin la boquilla con un cigarrillo humeando? Los diarios y el cine se asocian con naturalidad a esas imágenes, las propagan y propulsan. Pero pocos señalan hoy que Roosevelt, gran fumador, murió a los 63 años, que Stalin vivió con su pipa hasta los 74 años, que Hitler no resistió una bala en el cerebro y una cápsula de cianuro a los 43 años, y que Churchill aspiró el humo de su cigarro y el de los que lo rodeaban hasta los 92 años.

¿Por qué no fumar? Esa es la pregunta que casi todos nos hacíamos. Si las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres ¿Por qué no habrían de fumar? El fumar no comienza en el siglo XX. Durante milenios los seres humanos habían fumado: tabaco o lo que fuera. Habían fumado por una simple razón: porque les gustaba. En el siglo XX se fumaba sobre todo porque quedaba bien, porque todos fumaban.

–¿Nunca fumaste? -me preguntó un día mi mejor amigo.

–No, le contesté.

–Pero m’hijo, tomá un Buff. Esto es chocolate.

Fumé entonces medio cigarrillo. Me repugnaba, compraba una cajilla de Buff, de diez cigarrillos, y me duraba una semana. Fue un período feo, pero no duró mucho. En pocas semanas dejé de fumar. Creí que había terminado mi relación con el cigarrillo y estaba un poco orgulloso de ello. Pero pasaron los años. Me enamoré y vino del exterior un primo joven, elegante, muy fumador. Siempre vinculé esos hechos a mi reincidencia en el tabaquismo; hoy ya no estoy tan seguro. El tema es que fumé desaforadamente muchos años. Mi período de fumador fue demasiado largo. Y muy extensa, excesiva, mi etapa de indecisión. Deben haber transcurrido diez años entre el momento en que tuve la idea de dejar de fumar y el día en que lo hice.

No me resultó fácil dejar de fumar, realmente. Lo del cáncer de pulmón no lo veía muy claro. Una vez fui a una conferencia sobre cáncer de pulmón. La daba un señor bajito, gordito. Hablaba muy bien. Al final dijo que había pruebas científicas acerca de que el fumar causaba cáncer de pulmón. Y así terminó su conferencia: se dio vuelta, sacó un cigarrillo y alguien se lo encendió.

En la época en que yo fumaba como loco recuerdo la persistente carraspera y la tos, que me duraba meses y meses. Pasaban los años y comprendí que me estaba quedando afónico. Tenía un amigo que era un destacado especialista. Me amenazaba con sacarme los pólipos de la laringe. Seguían pasando los años y yo seguía deseando dejar de fumar. Se continuaba hablando del cáncer de pulmón, pero se agregaba al tabaquismo su acción sobre las arterias. Amigos, habían muerto por problemas arteriales, infartos. Todo se cerraba contra el tabaquismo. Yo estaba cada vez más convencido en dejar de fumar, pero ¿cómo hacerlo?

UNO: No fumar durante toda la mañana.

De esa manera fumaba tres cigarrillos menos en el día. Mal sustituto.

DOS: Fumar en pipa.

Era interesante. Fumaba menos cigarrillos por día. En pipa no se traga el humo. Era muy placentero. Aún hoy, que he perdido tanto el olfato, recuerdo y reconozco el Clan. Mal sustituto.

TRES: No fumar con luz eléctrica.

Prendía velas, usaba una linterna. Mal sustituto.

Al fin, un día dejé de fumar, sencillamente porque lo había decidido diez años antes. Una mañana, después de tomar un café, me encontré con que la noche anterior había salido de un sanatorio en el que estuve internado diez o doce días. Me habían operado por una enfermedad importante (cálculos en el colédoco). Tenía un tubo que mi esposa debía despinzar cada seis horas, pero ese no era mi problema. Mi problema era que después de tomar un café de mañana, en mi casa, no había fumado, como no había fumado en todos los días que estuve internado.

¿Por qué –me pregunté– no fumaba hasta después del almuerzo? ¿O hasta después de cenar? Entonces comprendí que me había atrapado un sistema que mi hermana me explicó cuando por problemas del esposo concurrió a A.A. Paso a paso, con la técnica de A.A. dejé de fumar. Fumar no es un vicio, como he leído en estos días. Fumar es una adicción y estamos plasmados de adicciones. Desde los chicles hasta algunas músicas pueden tener adictos. Y no hay más que decir sobre ellas. O mucho, pero nada que se relacione con leyes, derechos o torcidos, libertades, restricciones, creencias, pensamientos.

Fumar no es un vicio. Fumar no es un delito. Yo he fumado y no me arrepiento. Tengo derecho a conservar el grato recuerdo que el fumar me provocó. El tabaquismo es una adicción. Dejar una adicción se paga. A veces el precio es muy alto. Pero vale la pena. El tabaquismo es una de las adicciones que cobra más barato. El dejar el tabaquismo sólo tiene un precio: engordar. No hay síndrome de abstinencia, pero es muy difícil dejar el tabaquismo y no engordar. A mí me molestaba, me irritaba a veces cuando me lo decían.

Por fortuna, por preocupación, no sé bien por qué, rápidamente llegué al método de adelgazar Scardale. Siete quilos en quince días.

Conservo el primer libro que compré, allí quedó consignado que desde hace años llegué al peso que tuve toda la vida. Escrito lo anterior, me llega un artículo de Julio Guillot publicado en LA REPUBLICA sobre este tema. Y he aquí lo inconcebible: un ex fumador concordando casi en el 100% con un fumador activo.

Problemas de concordancia, o inconcordancia lógica, hubiéramos dicho hace unos años. Problemas de aporía, decimos ahora en homenaje al gran Jacques Derrida. *

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