Cigarro, censura, reacciones y después

Esto de la censura al cigarro nos está cambiando la vida a todos. Claro que podemos empezar por las cosas buenas: respiramos mejor, tomamos menos en el boliche y hasta llegamos más temprano a las casas, particularmente aquellos que han logrado que la mujer los deje fumar en el balcón.

La terrible medida represiva también ha servido para que en el trabajo la gente se conozca entre sí, incluso los que trabajan en distintas secciones. Es que las puertas democratizadoras que ha abierto esta medida contra el cigarro, han permitido crear nuevas formas de socialización, como es estar más de diez personas en un metro cuadrado y sin quemarse. Todo un arte.

Dicen, según fuentes del Opus Dei, que se ha fortalecido la familia porque los hombres vuelven más temprano a sus casas, mientras que otros –los más liberales– afirman que eso no es así y que las puteadas hogareñas han aumentado.

No se descarta que a los divorcios les ocurra lo mismo, desde el momento que muchas parejas no están acostumbradas a soportarse tanto tiempo en la casa. Según la Policía la lucha por el control remoto desde horas tempranas de la noche (antes eran más sobre las 24 horas), han elevado el índice de arañazos.

Pero los problemas superan a las virtudes, particularmente en la vida práctica. Desde el decreto anticigarro, desaparecieron los ceniceros, lo cual es un gran problema. ¿Qué hace ahora usted con las servilletas de papel después que las usa? ¿Dónde las pone? Hace dos noches un tipo casi se enloquece. Tomó una servilleta para limpiar un lente y después no sabía qué hacer con ella. Primero hizo una pelotita y la puso sobre la mesa. Como no le gustó como quedaba, la guardó en su mano derecha, pero por un ratito. Después, desesperado por la compleja situación, la metió en el bolsillo de la camisa.

Hasta ahí todo bien, pero el problema se agravó cuando tuvo que tomar otra servilleta para agarrar un pedazo de pizza. Como le pareció algo poco higiénico, no se animó a guardarla en el bolsillo. Optó por la más fácil: de reojo estudió el ambiente y como creyó que nadie lo miraba tiró la pelotita de papel debajo de la mesa y con la punta del pie la pasó para la otra mesa. En ese momento emitió una sonrisa, como la de Maradona cuando hizo el gol con la mano a los ingleses.

Ahora, el problema no es solo con las servilletas. Tampoco hay dónde poner el chicle, cosa que me desagrada, pero que mucha gente acostumbra a hacer. Por la falta del cenicero, ahora la gente los pega debajo de la mesa o en las patas de las sillas, lo que es una verdadera chanchada.

Como es sabido, la falta del cigarro ha generado otros problemas que tienen que ver con las tertulias en los boliches. Si todos los que se sientan junto a una mesa son fumadores, no hay problema, porque cada tanto salen a la calle y allí siguen con la filosofada. El problema es cuando hay uno de los comensales que no es fumador. El otro día vi a un tipo que quedó hablando solo en la mesa, porque los tres amigos que lo acompañaban salieron corriendo con cigarro en mano y encendedor a la espalda, rumbo a la calle, desesperados por un poco de humo, casi mareados por el exceso de oxígeno.

Toda esta crítica situación se verá agravada en los meses de invierno, cuando nadie sabe lo que va a ocurrir, porque la salida de poner mesas en la calle, como ha ocurrido en la última semana, es impensable. No se descarta que alguien fabrique sistemas de cañerías que vayan de las mesas de los boliches a la calle, para ser utilizados por los parroquianos.

De mi parte espero que antes de que lleguen los fríos haya dejado de fumar porque, la verdad, que la censura al cigarro me está haciendo bien, aunque extrañe el humo y el placer de fumar sentado, mirando a lo lejos, con un vaso en la mano y no parado –apurado, además– sin soportar comentarios estúpidos de cualquier boludo que no conozco.

También digo que si llego a dejar de fumar y mañana aflojan con la censura al cigarro, agarro para las cuchillas y allí, desde la más alta, me fumo todo y no vuelvo más. ¿Tá? *

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