La violencia está en el ser humano
En primer lugar me llama la atención que el asesinato de un ciudadano mientras esperaba el ómnibus con su familia en una esquina de Montevideo sea tema de comentario de periodistas deportivos y amerite la intervención del ministro de Deporte. Con ese criterio, sería del caso que cuando ocurre una trifulca con heridos y muertos en un concierto de rock, los críticos musicales abordaran el problema en sus columnas y el Sodre tomara cartas en el asunto… Cuando dos conductores se toman a golpes de puño porque uno de ellos realizó una mala maniobra, el incidente puede merecer una breve en las páginas policiales, pero nunca vi que un caso así fuera abordado por los periodistas que cubren la información municipal ni que la Dirección de Tránsito de la IMM propusiera medidas correctivas.
Cierto es que algunos dirigentes de clubes de fútbol toleran y hasta fomentan la existencia de las barras bravas, pero ello no es suficiente para explicar el fenómeno. Entre otras cosas, porque las «pesadas» han surgido de manera espontánea hace mucho tiempo; de otro modo, no se explican las feroces reyertas ni las muertes en escenarios deportivos ocurridas cada tanto desde hace más de cincuenta años.
Aquí hay algo que trasciende el fútbol (o cualquier otra competición deportiva) y que es tema de sociólogos, psicólogos o filósofos. A ellos les corresponde analizar la cuestión y averiguar qué hay en las justas deportivas, en los megaespectáculos musicales, en las bailantas o en el hecho de conducir un vehículo en el vértigo de la selva de cemento, capaz de desencadenar respuestas, actitudes y comportamientos particularmente violentos; qué mecanismos se ponen en juego en alguna de tales circunstancias para hacer emerger la agresividad latente de los seres humanos.
Cada vez que se habla del tema es común atribuir la violencia al consumo de alcohol o de drogas; nadie ignora los efectos desinhibitorios del alcohol y tonto sería negar que muchas personas se tornan particularmente agresivas cuando se pasan de copas (así como otros se ponen a decir pavadas o les da el pedo triste y se vuelven sentimentales), pero no creo que todos los hinchas vayan a las canchas mamados o falopeados. Del mismo modo que no todos los automovilistas que dirimen sus diferencias por cuestiones de tránsito a golpes de puño o de llaves inglesas se hallan bajo los efectos de licores o ravioles.
Las patotas siempre existieron, en todas las épocas y en todas las latitudes. Me refiero a esos grupos de individuos que se dedican a provocar, a insultar, a maltratar a sus semejantes de palabra y de hecho sin que medie causa, motivo o justificación alguna como no sea el dar rienda suelta a un instinto violento, agresivo, del que no hay parangón en otras especies del reino animal, al que pertenecemos. A propósito, debo decir que coincido con mi amigo Legnani en cuanto a que tildar de animales a los integrantes de las barras bravas es un disparate porque no hay animales que tengan ese tipo de conductas criminales. Se trata del mismo error conceptual que nos lleva a emplear el calificativo «noble» para referirnos a personas, actitudes o conductas que reflejan altos valores morales cuando los nobles, en sus orígenes, poco tuvieron de virtuosos pues obtuvieron su prestigio y su poder por medios no precisamente nobles: guerras, saqueos, traiciones, conjuras, intrigas palaciegas y otras «noblezas» por el estilo. Pues bien, del mismo modo, entiendo que es erróneo aplicar el adjetivo «bestial» al comportamiento de los patoteros pues las bestias (los animales no humanos) pueden ser muy agresivos y violentos sólo en determinadas circunstancias: en la defensa de su territorio, en la lucha por alimentos o por lograr los favores de las hembras en celo. Y pará de contar. Creo que no hay en el reino animal ni una sola especie que mate porque sí, que torture, que disfrute con el sufrimiento ajeno. Así que no digamos que los patoteros son animales: por desgracia, son perfectamente humanos… Por más que llevara un sobrenombre zoológico, el Viejo Vizcacha era perfectamente humano y mató a su mujer de un palo porque le dio un mate frío.
La violencia extrema que emerge por motivos baladíes es propia del ser humano, y de alguna manera me parece que todos, hasta el menos pintado, llevamos ese componente agresivo pronto a manifestarse ante el menor estímulo. Pienso en el «¿Qué mirás?» con que suele dar inicio una pelea en un boliche; en el insulto gratuito, en la puteada a flor de labios.
Incluso participamos de ese sentimiento de admiración que despiertan la violencia y la agresividad sin causa aparente y que suele confundirse con el coraje. Borges, por ejemplo, admira a los malevos, compadritos y otros tipos sociales que hicieron de la pelea a muerte un deporte o incluso una forma de vivir. El distinguido poeta argentino llega a hacer casi un culto de ese coraje mal entendido (o, si se prefiere, de una forma absurda de coraje) cuando canta loas a «los soberbios cuchilleros» o a «aquel Iberra fatal, de quien los santos se apiaden, que en un puente de la vía mató a su hermano ‘el Ãato’ (no, no se refería al senador Eleuterio Fernández, que quede claro) que debía más muertes que él y así igualó los tantos». Esas peleas entre malevos son elevadas al rango de canción de gesta: «Una mitología de puñales lentamente se anula en el olvido, una canción de gesta se ha perdido en sórdidas noticias policiales».
Y volviendo al fútbol, podemos ver que –sin llegar al extremo de admiración a que llega Borges– una mentalidad similar se ha instalado desde hace un buen tiempo en nuestro colectivo futbolero. ¿Qué se entiende por «garra» sino la prepotencia, la «pierna fuerte» (eufemismo por patada), el juego desleal, el ganar a cualquier precio?
¿Cómo esperar, entonces, un comportamiento civilizado de esas hordas de bárbaros Atilas? *
(*) Periodista
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