La incomodidad
A riesgo de que esto parezca una obsesión, he decidido ocuparme otra vez del extraño, más bien poco agradable señor K, con quien, para los uruguayos, la vecindad se ha convertido en un permanente sacudimiento.
La conducta del señor K, que se parece tanto a su forma de mirar, ha representado hasta ahora, al menos para mí, y más allá de las características evidentes de su personalidad, algo enigmática, difícil de aprehender. Hasta ahora, dije, porque creo que he hallado la más plausible de las explicaciones.
El señor K padece de incomodidad.
Básicamente, no le gusta ser como es y, aunque fuese para aparentar en este mundo de representaciones, le agradaría ser diferente.
Por ejemplo, desearía ser popular, carismático y verboso como Hugo Chávez. Pero no puede. Lo de popular puede haberlo comprado por un rato, nada más; de carisma carece y su siseo y sus furcios han limitado grandemente su expresión verbal.
Desearía ser un profesional respetado en ámbitos académicos, hombre sereno y de comunicación convincente como Tabaré Vázquez. Pero no puede. Eligió otro camino y tuvo otro comportamiento que lo identifican más con un señor feudal que pierde los estribos con facilidad; sus dichos y sus hechos suelen distanciarse tanto que nadie sabe a ciencia cierta qué hará al día siguiente.
Desearía haber sido un rudo y sufrido trabajador dotado de una sutil inteligencia que le permitiese llegar a la presidencia tras mucho andar, como Lula. Pero no puede. Por lo que se sabe, trabajó lo normal, sin demasiado sacrificio y no tiene callos (al menos en las manos); además, su llegada a la presidencia fue producto de un error colosal de Duhalde, que por joder a Menem lo sacó del fondo de la bolsa, y de una serie de circunstancias políticas y sociales que sólo pueden ocurrir con frecuencia en un país como Argentina.
Pobre señor K, qué incomodidad. Como para no tener ese carácter.
Aunque, a fin de cuentas, le pasa lo mismo que dicen le pasaba al poeta Shelley: se miraba al espejo y veía a otro. *
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