Crónica del último día de Carnaval

Parecía que no llegaba nunca. Casi todos los años el indicio más claro era el comienzo de las clases. Ahí ya comenzaba para nosotros la cuenta regresiva. Pero el último día de carnaval se tornaba tristón ya desde las primeras horas. Con mis hermanos teníamos un juego muy peculiar que consistía en descubrir camiones o bañaderas de conjuntos carnavalescos, por las distintas calles de la ciudad, realizando con toda obviedad actividades ajenas al Carnaval.

El que lo veía primero pegaba el grito y se anotaba un punto. El caso es que mamá nos llevaba a la playa casi todos los días en una travesía tan interesante como cansadora; caminata de varias cuadras para tomar el 173 que por aquel entonces iba hasta el Puente Carrasco, y un viaje en ómnibus de casi una hora. Al regreso se repetía la dosis, así que teníamos oportunidades de sobra de toparnos con esos transportes que nos daban aire para el juego, que por otra parte se nos presentaba como una forma muy entretenida de «matar» el aburrimiento del viaje. Claro, y de seguir recreando el carnaval en las horas diurnas. Además, vivíamos en la calle Magallanes, frente a la planta de Conaprole, y esa era una vía de paso de muchos vehículos, a todas horas, y si por algún avatar extraño no íbamos al tablado, por la puerta de nuestra casa siempre pasaban conjuntos para los diferentes escenarios o para el mismísimo Teatro de Verano.

Los Charoles, Los Tamberitos, Las Marionetas…, eran títulos muy familiares en aquellas horas diurnas; en ocasiones conocíamos los camiones  o camionetas, como la del Dúo Yo Kiero Dormir Kon Mama , porque todos los años eran los mismos. A nuestra manera, el carnaval seguía palpitando y acaparando nuestra atención a todas horas. Vivíamos febrero a pleno y en esa época en la que no se acostumbraba como ahora, a adelantar la fecha de los festejos era más que inusual que el carnaval no finalizara en marzo. Entrar en marzo, nos iba poniendo nerviosos y si bien la escuela no nos generaba rechazo, ver acercarse el último día de carnaval nos provocaba cierta tristeza inexplicable. Ese día inevitable, siempre era un domingo, de por sí, con muy poco tránsito… ver entonces algún camión con un cartel al costado, o un altoparlante anunciando la programación del tablado, o cualquier otro indicio carnavalero en esas horas postreras, nos provocaba una profunda inquietud. Una sola vez presencié junto a mi hermano mayor, el desarme de un tablado, el día después de la finalización del carnaval.

En esa oportunidad comprendí que «el último día» era parte del ritual carnavalero; que la alegría de febrero mezclada con la melancolía otoñal de marzo, abrían los mágicos y fantásticos senderos por los que regresaría la farándula de Momo… un año después. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje