El eterno femenino
Muy orgullosas festejaron su día. Se las vio por 18 llevando pancartas y unas manitos que reivindicaban sus derechos. Mujeres por todos lados, el eterno femenino marcó de nuevo la cancha y ¡ojito con hacerte el sota! La memoria compañera quiere recordar aquellos lejanos días en que tímidamente comenzaron sus caminos de vida y trabajo. Siempre en una senda de jazmines, rosas y duras espinas. Por los barrios populares del ayer nunca faltaban las llamadas «matronas». Mujeres de grandes pechos maternales que cumplían la tarea de la lactancia que otras no podían cumplir. Eran mujeres que tenían sus propios hijos pero se las ingeniaban para atender a otros ajenos, alimentarlos y de paso ganar unos vintenes. También las llamaban «las amas de leche» y las veíamos por el Hospital de Niños o en los pasillos de la mutualista Fraternidad. En su mayoría eran inmigrantes de aldeas españolas o italianas que andaban por el barrio y lucían una tremenda vitalidad que desbordaba de sus maternales senos. Fueron muchos los niños que por aquellas primeras décadas del viejo siglo se alimentaron en sus maternales brazos. Entre ellos estaba este viejo escribidor al que una española le brindó toda su radiante vitalidad. También fueron tiempos en que muchísimos partos ocurrían en los hogares y se recurría a las eficaces «comadronas». En el dormitorio un incesante ajetreo de latones de agua caliente y paños tibios. Los hombres esperaban detrás de la puerta del dormitorio para que naciera entre esas mujeres el milagro de la vida. Por Capurro, el Prado y Bella Vista fue muy conocida Doña Catalina, una comadrona de pura cepa que tuvo su auge, tanto en las aristocráticas casonas como en los hogares de los laburantes. Por esos tiempos también aparecieron otros oficios en nuestras queridas damas de antaño. Entre los alambres del tejido del frente o en la puerta del zaguán estaban colgados aquellos cartelitos con la palabra «modista». Y las grandes tiendas también abrieron sus puertas al personal femenino. El London París se lucía con sus elegantes y uniformadas empleadas que asesoraban sobre zapatos, muñecas de porcelana o vajilla inglesa. En Introzzi comenzaron a tomar damas ya maduras que recibían al cliente en la puerta y lo acompañaban haciendo de guía en las distintas secciones de ese gigantesco local. En las fábricas trabajaban a la par de los más recios hombres. Por la Martínez Reyna y en la vieja Funsa se unieron a sus compañeros luchando por sus derechos sindicales. Por las inmediaciones del Palacio Legislativo siempre se veía de madrugada a grupos de apresuradas obreras caminando hacia la fábrica de Alpargatas. Otras, muy cerquita de ahí, en la Facultad de Medicina empezaron a ganar espacios y a derrotar prejuicios. Y en todas estaba el agregado de que después de trabajar debían cumplir con sus roles de amas de casa. Así que andá llevando y pensá ¿cómo es ese verso del mentado sexo débil? Si tendrán derecho a festejar y a seguir luchando como en aquellos días en que fueron «amas de leche», empleadas del London o esforzadas modistas de barrio. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.
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